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AGRADECIMIENTOS

A Sun, la brújula maestra que necesité ante el camino desconocido.

A EMOCIONA, que me enseñó a alcanzar el poder del SúperSayan.

A mi padre, a mi madre y a mi hermana, fieles adalides de una confianza que no siempre tuve.

A Trancos, cuya paciencia infinita y nula capacidad de reproche, me han permitido escribir con tranquilidad cada una de estas palabras.

Y a la más importante: Eva, mi eterna Luz de Eärendil cuando todas las otras luces se hubieron extinguido. Gracias por formar parte de mi vida y alumbrarme el camino, incluso antes de conocerme a mí mismo.

INTRODUCCIÓN

Este libro es la historia de cualquiera… Pero empecemos por el principio.

Cuando comencé la maravillosa aventura de escribir este libro, sólo me rondaba por la cabeza la obsesión de contarte lo que nunca me contaron a mí. Detrás podrás leer un poquito de mis credenciales y avales académicos. Pero eso no es lo que más importa. Antes, por encima e incluso después de todo aquello, fui un ser humano perdido porque me faltaba por aprender unas cuantas cosas para encontrarme, y ese es el mejor aval de todo lo que aquí te cuento.

Verás, si la vida fuera un mar, yo tenía un barco muy bonito, grande, con hermosas velas, buena madera para navegar, una tripulación estupenda… Estaba preparado, tenía todo lo que hacía falta para surcar aquel mar, llevaba toda una vida preparándome con creces para ello, pero me faltaba lo más importante: el rumbo. Me di cuenta, entonces, de que se puede tener todo lo que se necesita para vivir y faltarte lo más importante: el objetivo, la meta, el PARA QUÉ navegar. Porque dicen que cuando el qué está claro, el cómo aparece solo. Y a mí me faltaba el qué.

Así es que, parafraseando a un grande, decidí dirigir mi barco en busca de aquel sentido. Cuando lo encontré (y no fue fácil), comencé a entender la vida de otra manera, mis sinapsis cerebrales cambiaron, mi visión de la realidad dio un giro de 180 grados, logré relativizar mi forma de comprender el mundo y al fin, me encontré a mí mismo como la persona más importante de mi vida. Y es que ese es el objetivo último de este libro, convencerte de que la persona más importante de tu vida eres tú.

Mi propuesta es hacerlo a través de una serie de historias. En ellas, no voy a contarte nada que yo mismo no haya experimentado previamente, nada que no me haya ayudado a encontrar mi rumbo en la vida. El hecho de que te haya traído sus aprendizajes en forma de cuentos, es porque ese es el lenguaje académico más antiguo del mundo. El cuento, la parábola, la metáfora… son entendibles por todo el mundo, y si este libro es la historia de cualquiera, debería poder ser entendido por cualquiera.

Pero tiene una advertencia. No debes leer este libro con una visión reactiva o de rechazo a lo que se propone en él (si sigues leyendo, pronto entenderás a qué me refiero). Este libro debe ser leído con el objetivo de encontrar un nuevo horizonte en tu vida.

Por eso, si eres una persona que no busca la transformación, que cree que todo lo que tenía que saber ya lo sabe, que su vida está bien tal cual está…, de corazón te digo que es perfecto. Pero en tal caso te invito a que no sigas leyendo. Honestamente, no merece la pena que gastes tu precioso tiempo en una obra que no es para ti.

Pero mi opinión va por otros derroteros. Estoy convencido de que casi siempre va a darse el caso contrario, porque al fin y al cabo la única constante de la vida es el cambio. Es un hecho objetivo que vivimos en constante evolución. Y si es así y sigues adelante, debes saber que este libro no es sólo un libro, sino que también es un espejo, un viaje, un mapa y una gema.

Si no lo has cerrado ya, entiendo que sí tienes curiosidad por conocer más. Cuando empieces el primer capítulo encontrarás un espejo en el que no dejarás de mirarte hasta la última página. Éste te devolverá el reflejo de tus propias vivencias, tus sombras y luces, siendo el objetivo final descubrir y quedarnos con las últimas. Como ha sido dicho, la intención es que te sientas identificado en algún momento del viaje, para que puedas comprender tu propia historia desde fuera. Porque sobre todas las cosas, eso es lo que te ofrece este espejo: perspectiva.

Cuando eso pase, tal vez quieras cambiar algo, una pequeña porción de ti mismo un tanto obsoleta. En ese momento y, si tú quieres, encontrarás el mapa que indica hacia dónde debes dirigirte para lograr tal empresa. El autoconocimiento llega cuando nos atrevemos a superar fronteras, que no hay más grandes y abrumadoras que las propias. Y con tal misión se presentan los ejercicios prácticos que encontrarás al final de cada capítulo.

Por este motivo recomiendo que no se pase al siguiente hasta no haber realizado el ejercicio del anterior o, al menos, dejarlo planteado para su realización. Porque se dice que el premio final se reserva en mayor virtud a quienes deciden franquear dichas fronteras.

Detrás y al final de todo se encuentra el mayor presente que este libro te trae; es la gema que se encuentra en tu interior: tú mismo. Por eso puedes seguir el mapa hasta la gema o puedes no hacerlo; insisto en que en cualquier caso todo será perfecto. Porque no hay mejor decisión que la que tomas en virtud de ti mismo. Tú decides hasta dónde quieres llegar.

Sea como sea, el espejo no sólo te devolverá tu imagen y tampoco te mostrará sólo tu mapa. De seguro, también verás reflejada la vida de alguien querido, cercano, conocido… Acércale, entonces, el cuento que mejor se ajuste a su situación. Tal vez necesite esa parte de su historia (esa perspectiva) para leer el mapa que le lleve hasta su gema. Por eso este libro no es sólo para ti, sino también para quienes tú más quieras. No tengas miedo de decirles: Tengo tu historia y me gustaría que la leyeras.

Por eso esta obra, dentro de su compleja sencillez, puede considerarse infinita. Es tan versátil que siempre encontrarás un uso para ella, bien para ti o bien para la persona en la que estés pensando en el momento en que leas ese cuento que te recuerda a ella. Además, y lo mejor de todo, es que puedes releer los cuentos tantas veces como gustes y siempre encontrarás una conclusión nueva.

Al final, la última recomendación que te hago antes de iniciar el viaje que te llevará al primer día del resto de tu vida, es que hagas un ejercicio de honestidad y valentía si decides pasar esta página. Es lo que este libro necesita de ti para cumplir su función. Honestidad para poder mirar dentro de ti con plenitud, sin veto, ni juicio, naturalmente (ya que el espejo no refleja la imagen de quien no desea mirarse); y valentía para poder emprender los cambios necesarios (el mapa tampoco se muestra a quien no está dispuesto a emprender el viaje).

Por eso, y porque (parafraseando a otro grande) el mundo pertenece a quien se atreve… ¿Te atreves a emprender el viaje a tu interior?

Alfonso García-Donas Sepúlveda

CAPÍTULO UNO
AMANECE, QUE NO ES POCO

El cañón de la pistola rozaba su sien con la misma cautela que se acaricia un bebé. La mujer empuñaba el arma mientras temblaba, aunque llevaba más tiempo haciendo lo segundo que lo primero. Lo que sentía era miedo, más que miedo terror y más que terror pavor, porque estaba a punto de terminar con su vida.

¿Qué motivos tenía aquella mujer para acabar así? Quién sabe… De todas formas las razones daban igual, pues estaba tan hundida que eso era lo único capaz de ver: su dolor. En tal magnitud lo sentía, que de haber sido capaz de ponerlo en una balanza junto con un elefante, éste acabaría elevándose como una pluma. Así de desgarrador era, como si llevara demasiado tiempo con la sensación de que algo o alguien le estaba arrancando de cuajo las entrañas, hora tras hora, día tras día. Ya no dormía, sólo dormitaba; ya no comía, sólo masticaba sin saborear..., pero lo más trágico era que ya no sonreía, sólo sabía llorar, y sus lágrimas caían como quistes que llevaban años alimentándose de su propia hiel.

Y con ese inmenso dolor se encontraba sentada en un lateral de la cama, bien entrada la madrugada. Una modesta ventana le ofrecía la visión de la noche profunda. A su izquierda, la tenue luz amarillenta de la mesita alumbraba un pequeño trozo de papel. Había dejado una nota, pero no de despedida, pues no tenía a nadie de quien despedirse. Era una nota de cortesía… Alguien encontraría su cuerpo y qué menos podía ofrecerle a quien recogiera sus restos con gran asco e incomprensión. Incomprensión… –pensó como un eco–, tal vez buscara eso, eliminar el juicio negativo de quien le viera, incluso después de muerta. Tan importante era para ella la opinión de los demás.

Sea como fuere, en la nota podía leerse:

Me siento inútil, atrapada, sola, patética, sin propósito; como el vacío que le queda a un niño cuando deja de serlo. Así es mi vida, frustrante, y el tiempo se ha convertido en experto tesorero de tal sentimiento.

Para mí no pasan los días, pues en ellos pocas cosas parecen tener sentido. Me siento pequeña y sin valor, como una hormiga inconsciente de sí misma.

Creo que ya no vivo para otra cosa que para acallar en mi cabeza las voces que no me dejan vivir en paz. No soy esquizofrénica, simplemente estoy triste, muy triste…, enormemente triste; cada segundo de cada minuto de cada día que pasa.

Por eso decido dejarme caer aquí, para que usted me encuentre y pueda limpiar lo que queda de la carcasa que un día albergó una vida, durante muchos años sonriente, pero ya no.

Gracias y lamento el desastre.

Pensando en la última palabra de la nota escrita hacía apenas unos minutos, la mujer se dispuso a apretar el gatillo. Cerró los ojos, miró por última vez el cielo nocturno a través de la ventana, inspiró profundamente, echó la cabeza hacia atrás –tal vez para mantener en la tragedia el poco orgullo que le quedaba–, reunió un poquito menos del valor necesario y…

Abrió los ojos.

Ansiosa, posó su atención repentinamente en una estrella que temblaba como si padeciera Parkinson (no la había visto hasta ahora, tan absorta estaba). Entendió enseguida que los que temblaban eran sus ojos y después toda ella. Dándose cuenta de esto, soltó la pistola inmediatamente, que calló dando unos pequeños botecitos sobre la cama.

Ahora que el peligro estaba relativamente lejos, dirigió de nuevo su atención hacia aquella brillante estrella, que parecía haber sido espectadora de todos sus actos. Se dio cuenta enseguida de que alrededor había muchas más, miles, seguramente millones de estrellas en un incesante baile exquisitamente coordinado… El cielo estaba especialmente despejado hoy.

Contemplar aquella inmensidad cósmica comenzó a frenar los engranajes de la ansiedad y aceleró los de las cavilaciones profundas. Durante las próximas horas, dedicaría su tiempo a reflexionar, una actividad infravalorada, pero muy sana y útil si se le pone empeño de verdad.

Increíblemente, aunque había estado a punto de acabar con su vida, ahora estaba dispuesta a abrir la puerta a algunas cuestiones que brotaban en su mente como una cascada: ¿Cuál es el sentido de la vida?, ¿qué hacemos aquí y ahora?, ¿por qué existimos y para qué?.... Nunca antes había encontrado la respuesta, como nadie, pero pudo ver cómo su mente aterrizaba en una cuestión concreta: el Universo, al fin y al cabo nuestro hogar en la realidad, sino la REALIDAD misma.

Recojo sus pensamientos:

El Universo es tan desconocido para nosotros que apenas sabemos de él: qué es, de dónde surge, cómo fue su origen y si algún día morirá… Son cuestiones aún sin contestar.

¿Por qué pensaba aquello? –se dijo sorprendida, pero continuó.

Tampoco sabemos si nuestro basto universo está solo o convive con otros cientos (tal vez miles), que conformarían una especie de balón de fútbol gigantesco: el Multiverso –esto le desconcertaba especialmente.

Pero sabemos una cosa: que es infinitamente grande bajo nuestra pequeña y aislada forma de concebir la naturaleza. Para nosotros, entender el Universo es como pedirle a un pez que entienda el agua en la que vive: imposible. Pero aún y así recordó la montaña de datos que creía saber sobre este tema. La información comenzó a amontonarse en su cabeza como granos de arena sobre una inmensa duna. Y como si de una revelación se tratase, comenzó a darle un orden sin saber (tampoco le importaba) el motivo concreto.

Bien –pensó–, se estima que la edad del Universo ronda los trece mil ochocientos millones de años, y su tamaño se cuenta en noventa y tres mil millones de años luz de extensión. Demasiado grande y viejo para imaginarlo… Pero lo más curioso es que de toda esa inmensa masa de espacio y tiempo, sólo podemos ver de alguna manera el cinco por ciento –reflexionó largo rato sobre esto.

Al cabo, la mujer recordó que del otro noventa y cinco por ciento, tan sólo conocemos su existencia, compuesto básicamente por dos cosas: la energía oscura, responsable de la expansión del Universo, y la materia oscura, una suerte de andamiaje cósmico que lo mantiene todo unido, planetas, estrellas, galaxias, constelaciones... Sabemos que la materia oscura está ahí por la desviación que sufre la luz al atravesar un cúmulo de ella en su trayectoria hacia nosotros, pero no podemos verla o medirla. Se preguntó si la luz de aquellas estrellas estaría atravesando materia oscura ahora mismo para llegar hasta sus ojos. Claro que sí –concluyó.

Se centró, entonces, en aquel cinco por ciento que sí podemos ver. Sabía que estaba formado fundamentalmente por las más de cien mil millones de galaxias estimadas en el universo observable, cada una compuesta por una media de cien mil millones de estrellas. De hecho, sabemos que hay más estrellas sólo en esta porción de Universo que granos de arena en todas las playas del mundo juntas. En cualquier caso, ¿cuántas galaxias son cien mil millones y cuánto espacio ocupan? La imposibilidad de imaginarlo la abrumaba… ¡Y eso solamente teniendo en cuenta el universo observable! –exclamó para sí.

Haciendo un intento por concretar aquella inmensidad, llegó a la conclusión de que en algún punto remoto –más parecida a una célula que a una galaxia–, se encontraba la Vía Láctea, un lugar que mide unos cien mil años luz entre sus extremos más distantes. Estaba en las mismas, no era capaz de concebir tal inmensidad. Pero lo cierto es que existe, y su “insignificante” persona formaba parte de ello.

Entonces –continuó cavilando–, si vivimos en un vecindario acotado (la Vía Láctea), ¿cuántos vecinos tenemos? Recordó que sólo en nuestra galaxia existen alrededor de doscientos mil millones de estrellas. Incluso acotando, su mente volvía a perderse en la inmensidad. Era una locura, como buscar una aguja en cien pajares.

No obstante, lo realmente importante en aquel momento era que ella vivía (esta palabra se asomó a su mente en mayúsculas: VIVÍA) gracias a la única estrella que no podía ver en aquel preciso momento. Una mota insignificante de luz a la que llamamos Sol, situada en algún punto medio de la Vía Láctea; ni muy cerca ni muy lejos del centro, justo donde tiene que estar.

[Lea lenta y detenidamente el siguiente párrafo, varias veces si es necesario, hasta comprenderlo en su totalidad]

Comenzó, entonces, a comprender cuán exótica es la vida, la exquisita singularidad que ésta representa, su fragilidad y la azarosa cantidad de casualidades que han de darse para que estemos aquí, conscientes de nosotros mismos y en constante evolución. Por ende, ahora mismo le parecía tremendamente injusto acabar con tal exotismo en una centésima de segundo, con un disparo. Miró la pistola casi con desdén y una gran dosis de vergüenza.

Finalmente, comprendió que estamos en la fiesta adecuada, bailando con quien tenemos que bailar: el Sol. Sabía que bajo nuestra proporción, el Sol es tan grande que entrarían más de un millón de Tierras dentro de él. Sin embargo, comparado con algunas de sus estrellas vecinas, el Sol sería como una canica al lado de una pelota de tenis. Incluso así, tan moderada y modesta, nuestra estrella sirve perfectamente a un propósito: la existencia.

En este punto, se sintió agradecida en nombre de toda la humanidad por tener el privilegio de existir gracias a esta cercana estrella, la matriarca de un sistema planetario al que podemos llamar el verdadero hogar: nuestro hogar. Un lugar que hasta hace cuatro mil quinientos millones de años se parecía más a una caótica trinchera de la segunda guerra mundial, que al escrupuloso mecanismo de reloj que es hoy. Todo está tan perfectamente ordenado, que parece un sistema de engranajes hecho a medida por alguna mente consciente. Pero lo cierto es que hasta donde sabemos, todo lo conocido es fruto del caos, la destrucción y la coincidencia. Por lo visto, el Universo (la Naturaleza) tiene que destruir para poder crear. Desde luego, el “simple” hecho de que amanezca cada día y, más aún, que podamos verlo, es un privilegio en sí mismo.

Este pensamiento llevó de nuevo su atención hacia la pistola, aún posada sobre la cama. Durante un buen rato había formado parte del pasado, pero la realidad había vuelto a sacudir a aquella mujer, consciente de lo que había estado a punto de hacer. Ya no había desdén, volvió el miedo. Siguió reflexionando sobre esto, y como los pensamientos tienen una marañosa manera de presentarse, continuó con el curso de las cavilaciones allí donde lo había dejado antes de sentirse patética al mirar el arma.

Estaba pensando en la destrucción que requiere la vida. Efectivamente, para que ésta pueda crecer tal y como la entendemos, han de darse al menos doscientas variables cósmicas que de una manera u otra requieren destrucción previa a la creación de vida. En otras palabras –se dijo–, hace falta mucho más que la situación estratégica de un planeta con respecto a su estrella, para que prolifere la vida tal y como la conocemos. ¡Hace falta un tremendo cúmulo de “casualidades” para que podamos existir!–exclamó dentro de sí–. Y aún y así… ¡Existimos!

Pensó, entonces, en cuántas especies inteligentes existirían en el Universo o sólo en nuestra galaxia. En este punto tuvo que frenar el tren de sus pensamientos, puesto que su mente viraba más hacia la fantasía que hacia las evidencias científicas. Hasta donde sabemos –se recordó–, no podemos afirmar que estemos acompañados en el cosmos, aunque el sentido común y la lógica nos invite a pensar que sí. Tanto espacio para tan pocos… ¡Imposible! –se dijo contundentemente.

Sea como sea, solos o acompañados, aparecimos en la Tierra hace unos ciento noventa y cinco mil años. Una especie desnuda proveniente de seres unicelulares en un enorme, salvaje y desconocido mundo, como si soltaras a un bebé en mitad del desierto y esperaras que sobreviviera por sí solo. Aún y así, incluso con los obstáculos que esto supone y contra todo pronóstico, llevamos aguantando el chaparrón evolutivo cerca de doscientos mil años.

Su mente estaba exhausta, pero siguió un poco más lejos, aquello le alejaba de la tragedia que había estado a punto de cometer. Se dio cuenta de que hasta ahora sólo había pensado en el Universo, pero, ¿y nosotros? Después de todo, ¿qué pasaba con ella? ¡Hace un rato estaba apuntándose con una pistola en la cabeza! Se dio cuenta de que seguía sin pensar en ella, como siempre, por lo cual decidió hacerlo. ¿Cómo apareciste tú aquí? –se preguntó.

Pensó en su padre, sabedora de que un hombre genera una media de quinientos veinticinco mil millones de espermatozoides a lo largo de toda su vida. Por otro lado estaba su madre, sapiente de que como mujer liberó alrededor de unos cuatrocientos cincuenta óvulos durante sus años de fertilidad.

[Lea lenta y detenidamente los dos siguientes párrafos, varias veces si es necesario, hasta comprenderlos en su totalidad]

De repente, fue consciente del milagro: un espermatozoide, perdido entre doscientos cincuenta millones de congéneres, con un movimiento errático y azaroso de tres milímetros por minuto, y una vida aproximada de setenta y dos horas, tuvo la suerte de encontrar un óvulo operativo para crearte a ti, sólo a ti –se dijo a sí misma.

Con todo, el hecho de que pudiera estar pensando en aquello, aquí y ahora, significaba que se habían presentado una concatenación de casualidades cósmicas y biológicas, dadas en su justa medida y justo cuando tuvieron que darse; desde la primera que surgió hace aproximadamente trece mil ochocientos millones de años con el Big–Bang, hasta la última en el momento de su concepción hace unos cuarenta y seis años. Por lo cual –continuó meditando–, cabe preguntarse si la vida no es algo mágico, incluso cuando la banalizamos debido a su omnipresente naturalidad o, dicho de otro modo, a que está siempre ahí pase lo que pase.

Pasó largo rato pensando en esto. En su cabeza aparecían palabras como magia, milagro, casualidad… Al final, analizando todo aquello, llegó a la conclusión de que algunos días tenía derecho a sentirte pequeña.

Sin embargo –se dijo–, me equivoqué profundamente al pensar que por ello mi vida posee poco valor. Porque, aunque pequeña, soy infinitamente exótica como ser existente. Al fin y al cabo, que esté viva supone el mayor milagro que me ha podido pasar. He caído en la cuenta de todo ese enorme e inimaginable cúmulo de variables tan probabilísticamente pequeñas que han de darse, para que ahora pueda respirar.

Esto último lo dijo en voz alta, frente al espejo de su habitación, señalándose acusadoramente, sabiendo que había tomado la decisión más importante de su vida: mantener ésta en pie. Entonces volvió a mirar por la ventana. El sol despuntaba ahora como el pétalo de una flor retorciéndose al alba. ¡Con cuánta razón resonaban entonces aquellas palabras en su cabeza! Y con cuanta naturalidad había aparecido, por fin, una sonrisa diferente a todas las que había tenido en su vida. Se sentía como la primera vez que sonreía, como una niña que aprende algo totalmente nuevo.

Acto seguido cogió la pistola y la metió en su bolso, decidida a salir a la calle para deshacerse de aquel instrumento mortífero, como si no llevara toda la noche sin dormir y como si no hubiera estado a punto de perderlo todo.

La calle era un lugar ajeno a todo eso. La temperatura era agradable, la luz rosácea y anaranjada del cielo se tornaba un regalo para su vista. La realidad parecía ir más despacio, ¿sería porque había pasado la noche pensando en la enormidad del Universo y lo que sus ojos veían ahora se le quedaba pequeño? No lo sabía, pero lo cierto es que todo iba más despacio y ella fue más consciente de lo que le rodeaba, sabedora de que era nada más y nada menos que un ser exquisito y único en un Universo infinito. Una cadena de ADN única e irrepetible (estas dos palabras resonaron en su corazón como resuena un gong al ser tocado). Eres única e irrepetible –se repitió varias veces a modo de mantra.

De repente, vio a lo lejos una figura acuclillada en la acera, con la espalda posada en la pared, encorvada y ocultando su cara con la palma de las manos. Conforme se fue acercando vio que lo oculto eran sollozos, miedo y desesperación; alguien que no lo estaba pasando bien. A primera vista parecía un chico joven, con toda la vida por delante. Enseguida vio en él las mismas pocas ganas de vivir que había padecido ella hacía apenas unas horas. Así es que se acercó y se quedó de pie delante del muchacho. Esperó sin decir nada, hasta que el joven se percató de su presencia y alzó la vista, surcada por las lágrimas.

Sin mediar palabras, le tendió la pistola y dijo:

–Toma, pero antes de apretar el gatillo, por favor, mira una estrella.

Entonces se alejó, consciente de que nunca más volvería a poner su vida en riesgo.

Y es que al final, después de toda la información cósmica y biológica barajada, con el Sol brillando sobre su cabeza y una sonrisa que llevaba puesta como el vestido más bonito del mundo, su mente le dio por fin la respuesta tan ansiada en aquellos días en los que nada parecía tener sentido: ERES ÚNICA E IRREPETIBLE. Al igual que el planeta Tierra, nuestro sistema solar, la galaxia y el universo en sí mismo.

Y por eso cada mañana, nada más despertar, se repite aquella bonita conclusión: Amanece, que no es poco.

Porque pase lo que pase, siempre vuelve el amanecer, y con él una nueva oportunidad de volver a ser feliz.

[Lea lenta y detenidamente la última frase, varias veces si es necesario, hasta comprenderla en su totalidad]

FIN

APRENDIZAJE

Hay ocasiones en la vida en la que nos sentimos tan vacíos por dentro que perdemos el rumbo. Esto es, a veces olvidamos el por qué estamos aquí, igual que la mujer de esta historia; o más trágico todavía, el PARA QUÉ vivimos, nuestro objetivo o misión en la vida. Es entonces cuando perdemos el rumbo y pocas cosas parecen tener sentido.

Pero cuando esto pasa se nos olvida una cosa, y es que el simple hecho de que podamos existir es un milagro en sí mismo. Milagro entendido como algo sumamente difícil que pase, pero pasa. ¿Eres consciente de lo dificilísimo que es que puedas estar leyendo estas líneas mientras estás vivo? ¿Eres consciente de las infinitamente escasas probabilidades que tenías de nacer? No, claro que no eres consciente, y si lo eres seguramente no le des el valor que tiene porque al fin y al cabo vivir (existir) no es tan excepcional a tus ojos. Después de todo, no dejan de llegarte mensajes acerca de que el planeta sufre sobrepoblación, ¿verdad?

En cualquier caso, me gustaría que reflexionases sobre lo que tuvo que suceder para que se creara un Universo capaz de albergar vida, luego que toda la masa existente se fuera uniendo para crear galaxias, luego que exista una estrella ni muy cerca ni muy lejos del centro de su galaxia para poder tener un sistema planetario estable, luego que dentro de dicho sistema exista un planeta que sea capaz de albergar vida, luego que se diera la vida en él, luego que esa vida tuviera la capacidad de evolucionar, luego que apareciera el ser humano y, finalmente, que de todos los óvulos de tu madre y todos los espermatozoides de tu padre, tuvieras la suerte de nacer tú… Y todo ello sin contar el resto de variables cósmicas, que como ha sido dicho, suman más de doscientas. Definitivamente, tú y yo tuvimos muchísima suerte, tanta que ni somos capaces de imaginarla. Cualquier persona que haya nacido la tuvo, pero la banalizamos porque personas hay por todos lados.

Por todo ello, mi mensaje es que dejes de restarle importancia a dicha existencia. Eres único/a e irrepetible, como piensa la mujer de la historia. La cadena de ADN que te hace ser como eres por dentro y por fuera, nunca se ha repetido en ningún otro lugar ni tiempo del Universo, por más eones que hayan pasado y por más que estén por pasar. NUNCA SE DARÁ NADIE COMO TÚ, JAMÁS.

Y ahora, ¿no te sientes un poco más exquisito como ser que ha tenido la suerte de poder existir? Si te tocase la lotería, ¿la tirarías por el retrete porque tienes que pagar muchos impuestos o porque te has cansado de tener riquezas? No, ¿verdad? Pues la vida es una lotería, y existen tan pocas posibilidades de que te toque, que cuando eso pasa no deberías dejarla escapar hasta que no te quede otra, el día de tu muerte natural.

Porque si de algo podemos estar convencidos, querido/a amigo/a, es de que sólo hay una cosa segura una vez has logrado nacer: morir. Y si es seguro que vamos a morir, ¿por qué adelantarlo de forma artificial?

¡Vive hasta que no puedas más! Es el mayor aprendizaje que puedo ofrecerte.

EJERCICIO

El doctor Viktor Frankl (1905–1997), famoso psiquiatra austriaco que sobrevivió a varios campos de concentración nazis, solía preguntar a sus pacientes: «¿Por qué no se suicida usted?».

Yo te hago ahora la misma pregunta, porque en la respuesta residen tus deseos más profundos, tus motivaciones más altas…, lo que te ata a la vida. Todos tenemos cosas que nos atan a la vida por más que ésta haya perdido (aparentemente) el sentido, así es que te voy a pedir que a continuación hagas una lista de aquellas cosas por las cuales no te suicidas.

Cuando acabes, escribe las razones por las que eres único/a e irrepetible, aquello que te hace ser tú y sólo tú.

Recuerda que una lista no tiene por qué ser larga, puede contener tan sólo una palabra o mil. En ambos casos, la lista será igual de excelente.

Luego, guarda esa lista a buen recaudo, para poder leerla cada vez que la desesperanza te invada. Recordarás, entonces, que tienes algunas buenas razones para seguir respirando.

¿Por qué no te suicidas?

No me suicido porque…

Escribe por qué eres único/a e irrepetible.

Soy único/a e irrepetible por…

CAPÍTULO DOS
EL PODER DEL LIMITANTE

Torcuato era un niño de diez años, delgaducho, desgarbado, siempre alegre y lo suficientemente impulsivo como para meterse en más líos de los que sabía salir. Era ese tipo de niño para el que parecía haberse inventado el concepto de nerviosismo, pues siempre andaba de aquí para allá como dominado por un motorcillo eléctrico incrustado en su cuerpo. Además, solía hablar tan atropelladamente que muchas veces se trababa, porque su mente iba más rápido que su lengua. Así era Torcuato, sin duda un niño genuino, auténtico y sincero: un verdadero ser esencial.

Este carácter se veía alimentado por su amigo más fiel, un perrito muy simpático llamado Trucha. Trucha y él vivían en una casa de campo a las afueras del pueblo, con su papá, su mamá y una hermanita nacida hacía apenas unos meses. El nombre de Trucha le venía al can porque se movía más que un pez fuera del agua, justo como su pequeño dueño. La verdad es que el animal estaba hecho a medida para Torcuato, en adelante Tillo, apodo proveniente del diminutivo de su nombre.

Así es que Tillo tenía esa vida sencilla que todo niño de diez años pueda desear, rodeado de amor y tranquilidad en plena naturaleza. Tanto era así, que para ir al colegio tenía que caminar media hora todos los días por el sendero que conectaba su casa con el pueblo. Esto le encantaba a Tillo, pues le llenaba de energía. Cada día llegaba al colegio con una inmensa alegría, la cual normalmente conseguía contagiar a sus amigos y amigas.

Pero la historia de Tillo es de cómo dejó de ser un niño entusiasta y espontáneo, dominado por ese carácter nervioso, impulsivo, descarado y curioso (un ser esencial), para convertirse en un ser humano convencional (un ser limitante).

Verás, Tillo era tan auténtico que siempre andaba diciendo lo que pensaba. Como ha sido dicho, era pura esencia: si se aburría bostezaba, si tenía miedo se asustaba, si estaba triste lloraba, si se enfadaba pataleaba, si se sorprendía abría tanto los ojos que parecía que se le iban a salir de las cuencas, si estaba alegre reía hasta que no podía más… Para él no había nada que no pudiera hacerse o decirse, fueran cuales fueran las consecuencias. Aún no había aprendido a poner límites a su comportamiento, por eso el mundo no siempre entendía la forma de ser del niño y le reprendía constantemente por ello. Tanto era así, que Tillo comenzaba a sentirse raro, pues todo el mundo le reñía frecuentemente, lo que acabó consiguiendo que el niño sintiera el mundo como un lugar extraño y en ocasiones hostil.

Realmente se sentía como una manzana en un cesto de naranjas. Pero él quería sentirse como todos, razón por la que sin darse cuenta, un buen día –ya cumplidos los once años–, comenzó a ponerse una serie de capas en su personalidad original, las cuales le servirían a modo de protección. A esto le llamaremos la creación de la coraza, con la cual uno se transforma trágicamente en un ser limitante. Te lo cuento.

Un día, Tillo iba de camino hacia el colegio, cuando se encontró por una calle del pueblo a una oronda señora que caminaba en dirección contraria. La mujer estaba tan gorda que le era imposible caminar sin acudir para ello a un patizambo tambaleo de lado a lado. Justo cuando iba a subirse a la acera, tropezó con el bordillo y cayó de bruces al suelo. Tillo tuvo el impulso de reírse a carcajadas, pero sabía que aquello estaba mal, aquella señora se había hecho daño. Y es que el hecho de ser esencial, no está reñido con entender e implementar las normas básicas de educación.

Entonces, el niño corrió para ayudarla, pero el peso de la señora lo impedía. Ni ella podía erguirse por su propio pié, ni Tillo tenía suficiente fuerza para tal empresa. Así es que el niño corrió a pedir ayuda, y al poco volvió con un señor que sí pudo echar una mano a la mujer tirada en el suelo.

–¡Ay! –dijo la mujer apurada–, muchas gracias caballero. Y a ti también, muchacho.

–De nada señora –dijo el hombre–, ¿se encuentra bien?

–Sí, sólo ha sido una caída tonta –dijo la mujer avergonzada.

–Me alegro, ¿de verdad que no necesita que le ayude a ir hasta el ambulatorio a que le miren esa rodilla? –insistió el hombre señalando un poco de sangre en la pierna de la mujer.

–No, no, de verdad que no. Es sólo un rasguño. ¡Malditos bordillos! Debería ir a quejarme al ayuntamiento. En esta calle están demasiado altos, por eso me he caído –arguyó la mujer a modo de justificación.

Entonces, el hombre guardó ese incómodo silencio que se esconde detrás de la vergüenza ajena. Pero Tillo no entendía de eso.

–Señora, ¿cómo va a estar el bordillo demasiado alto? A mí me parece que es como todos –dijo, mientras miraba curioso uno de los adoquines que conformaban el bordillo de la acera–. Yo creo que usted se ha caído porque está demasiado gorda y no ha podido levantar suficientemente la pierna. Pero no se preocupe, le puede pasar a cualquiera –concluyó inocentemente.

–¡Niño descarado! –dijo la mujer muy indignada mientras que el hombre reía para dentro–. ¿Dónde te han enseñado modales?

–Perdone, yo no quería…

–¡No te perdono! ¿Dónde te han enseñado modales a ti? ¡Muchacho insolente!

–No le entiendo, yo no pretendía ofenderla…

–¡Descarado! –dijo la mujer sofocada–. ¿Se lo puede creer usted? –ahora se dirigía al hombre–. ¡Encima se hace el tonto conmigo! ¿No es cierto que este bordillo está demasiado alto? –preguntó al hombre, en busca de un aliado contra la verdad infantil. Y lo encontró.

–Esto… –dijo el hombre dubitativo–, ahora que lo dice, sí, sin duda su caída es por esa razón, le podría haber pasado a cualquiera.

–¡Mentira! –dijo Tillo indignado–. Usted se ha caído porque está muy gorda y por la misma razón no podía levantarse. No se preocupe, no es nada malo estar gordo, mi padre lo está y mucha otra gente que conozco. ¿Es que a usted no le gusta estar gorda?

La inocencia y sinceridad radical de aquel muchacho parecían no tener fin. Entonces, la mujer lo agarró de una oreja y le espetó una reprimenda monumental, por lo que a su juicio era una falta de respeto.

–¿Me has entendido muchacho? ¡No se debe ir insultando a la gente por ahí! –concluyó la señora.

–Tiene razón, hijo, no debes ir por ahí diciéndole a la gente lo que no le gusta oír. Es… ofensivo para ella –claudicó el hombre ante lo que consideraba una norma social fundamental.

–¡Eso es! –apoyó con ímpetu la mujer–. ¿Lo entiendes, chico?

Entonces el niño se deshizo a empellones de los tirones de oreja de la mujer y salió corriendo mientras lloraba. Ese día aprendió algo con lo que cargaría toda su vida: no podía ser sincero con los demás porque al mundo no le gusta la sinceridad. Esta creencia se posó en su mente como se posa la pata de un elefante sobre la tierra, dejando una profunda huella. Y así fue como se conformó la primera capa de la coraza de Tillo. Nunca más volvería a ser sincero porque eso le provocaba el rechazo de los demás.

Y con esta creencia pasó el tiempo… Otro día, Tillo iba jugueteando con Trucha por la linde del río, cuando se encontró con algunos amigos del colegio. Estaban discutiendo sobre quién era capaz de cruzar el río sin tocar el agua, sólo saltando de piedra en piedra. El problema era que las piedras estaban resbaladizas por el verdín que las cubría. Todos sabían que el primero que lo intentara acabaría cayéndose al agua irremisiblemente. Por eso estaban en ese juego de a ver quién aceptaba menos su miedo, se hacía más el machote y conseguía que otro se cayera al río para poder reírse un rato a su costa. Tillo, ajeno a todo aquello, se unió alegremente al grupo.

–¡Hola chicos! –saludó con su habitual inocencia–. ¿Qué hacéis?

Los muchachos, con una mirada de complicidad entre ellos, enseguida encontraron una cabeza de turco.

–Nada –dijo uno de ellos–, estamos viendo a ver quién es capaz de cruzar el río por esas piedras.

–¡Pero estos son unos cagados! –dijo otro de forma soberbia–. Yo lo haría si no fuera porque es demasiado fácil para mí.

–¡Ya! –añadió un tercero–. Y yo no lo hago porque las suelas de mis zapatillas no están preparadas para esto.

–¿Por qué no lo intentas tú, Tillo? –preguntó el cuarto niño–. Tú vives en el campo, seguro que esto es muy fácil para ti.

–Esto… Estáis locos si pensáis que podéis cruzar por ahí sin caeros –dijo Tillo, que efectivamente conocía a la perfección los peligros del río.

–¡Vamos, Tillo! Seguro que es muy sencillo para ti –dijo el que parecía ser el cabecilla del grupo.

–No lo haré, tengo miedo de caerme.

–¡Vaya cagado! –dijo otro.

–¡No soy ningún cagado! –se defendió Tillo–. Lo que pasa es que esas piedras no son seguras.

–¡Tienes miedo! –dijo otro de los niños apelando al sentimiento común, pero focalizándolo sólo en Tillo porque así se eximía al resto, él incluido.

–¡Pues claro que tengo miedo! Sois unos bobos si vosotros no lo tenéis.

–¡Eh, chicos! –añadió el líder del grupo–. ¡Mirad como Tillo se caga encima!