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Introducción
QUIEN MANEJA SU ESTRÉS, DOMINA SU VIDA

“En las adversidades sale a la luz la virtud”

Aristófanes (444 a. C. - 385 a. C.)
Dramaturgo griego

¿Sabes que entre un 50 y un 75% de todas las visitas médicas tienen relación, de una manera u otra, con el estrés? Y eso no es todo:

Como ves, el estrés está presente en la vida de muchas personas. ¿Y en la tuya? Seguramente también; si no, no estarías leyendo ahora este libro, ¿verdad?

Lo más curioso de todo ello es que el estrés, originariamente, es positivo, es productivo, y nos ayuda en nuestra vida diaria, nos permite afrontar y superar los problemas y dificultades. Somos cada uno de nosotros, con nuestra falta de habilidades para manejarlo, quienes lo transformamos en negativo, en pernicioso para nosotros y para nuestro entorno. La cuestión está en mantener unos niveles de estrés que nos permitan desarrollar una vida proporcionada a nuestras capacidades y, al propio tiempo, que no perjudiquen nuestra salud. Éste posiblemente ha sido el factor que, a lo largo de los siglos, ha llevado a muchas personas a superarse y a conseguir grandes logros en su vida. Las personas más productivas, las grandes triunfadoras en todos los ámbitos, tienen la capacidad para manejar ese estrés positivo en su beneficio; tienen la inestimable habilidad de desconectarlo, de frenarlo, cuando detectan que corren el riesgo de que pueda llegar a convertirse en negativo; es uno de sus secretos para haber llegado y mantenerse en la cima: conocen su estrés y cómo manejarlo.

En las siguientes páginas encontrarás diez consejos; diez consejos que te permitirán conocer qué es realmente el estrés, cuáles pueden llegar a ser sus perjuicios, cuáles son sus causas y, especialmente, cómo puedes manejarlo para que pase de ser un problema a convertirse en el mayor y más importante de los secretos para dominar tu vida y alcanzar el éxito personal, familiar y profesional.

¿Preparado? Comenzamos.

Primer consejo para manejar tu estrés

CONOCE QUÉ ES EL ESTRÉS:

Estrés Positivo & Estrés Negativo

“La formulación de un problema es más importante que su solución”

Albert Einstein (1879 - 1955)
Científico alemán

Es evidente que para solucionar cualquier problema en la vida es necesario, previamente, conocer del mejor modo posible ese problema. Por ello, éste será el primer paso que daremos para conseguir no sólo eliminar ese grave hándicap que millones de personas padecen en la actualidad en todo el mundo –el estrés negativo–, sino incluso para transformarlo en una de las más extraordinarias y poderosas fuentes de mejora en la vida de cualquier ser humano: el estrés positivo.

Intenta recordar la última vez que conseguiste un logro personal, algún reto que te habías marcado alcanzar. No tiene por qué ser importante; piensa tan sólo en un resultado positivo que te habías propuesto conseguir. Podría ser la superación de un examen, el necesario para obtener el permiso de conducción, por ejemplo. Seguro que tienes otros muchos logros que recuerdas: leer un voluminoso libro, bajar de peso, enamorar a una chica, engendrar a tu hijo, hacer un buen informe en el trabajo, batir tu propia marca deportiva… Pues bien, aquello que te impulsó, que te motivó a conseguir ese pequeño o gran logro personal, familiar o profesional, muy posiblemente, aunque no lo creas, fue el estrés.

¿Sorprendido? La mayor parte de las personas a la que se les pide una definición de “estrés” responde, básicamente, que se trata de un estado negativo de ansiedad, de tensión y de malestar derivado de las presiones propias del mundo en el que vivimos. Sin embargo, el estrés es algo muy distinto, al menos originariamente, y tu propia experiencia personal te servirá para comprobarlo.

Y es que, en esencia, el estrés consiste en un conjunto de reacciones arcaicas, tanto a nivel neurológico como hormonal, que preparan a nuestro organismo para la lucha o la huida, es decir, para la actividad física.

Así, cuando nuestro cerebro valora como amenazante un acontecimiento o situación concretos, envía una señal al sistema nervioso y al sistema endocrino, que serán los encargados de producir y liberar las hormonas necesarias para excitar la actividad de nuestros órganos, provocando lo que se conoce como una respuesta de estrés y, con ello:

– Un incremento de la sudoración

– Un aumento del ritmo cardiaco y respiratorio.

– Una interrupción de funciones no vitales.

– Una intensificación de la agudeza de los sentidos.

– Un desvío de la sangre de áreas no vitales.

– Una mayor disponibilidad de glucosa para la obtención de energía.

Ésta era la respuesta adecuada cuando el hombre tenía que hacer frente, por ejemplo, al ataque de una fiera. Y fueron, precisamente, este tipo de respuestas las que le permitieron poder escapar de la muerte o conseguir el alimento necesario para sobrevivir.

En la actualidad, el hombre moderno aún conserva esta respuesta, ya que está determinada genéticamente, de forma que, cuando nuestro cerebro evalúa un acontecimiento o situación como una amenaza, pone en marcha el mecanismo del estrés para, como ocurría en tiempos pasados, luchar o huir. De este modo, hoy, el estrés sigue formando parte de nuestras vidas, a pesar de no tener que enfrentarnos al peligro de las fieras. En nuestros días, los peligros, conocidos con el nombre de fuentes de estrés o estresores, son otras exposiciones mucho más modernas, como el entorno familiar o laboral, cuyas circunstancias la persona evalúa a veces como amenazantes para su estabilidad. Aunque nos resulte sorprendente, nuestro cuerpo, ante una supuesta amenaza, continúa reaccionando en pleno siglo XXI como lo hacía miles de años atrás: liberando hormonas del estrés.

“Se me hace tarde para recoger a los niños del colegio”, “tengo que aprobar ese examen como sea”, “ganar este partido es fundamental para el campeonato”, “este informe que el jefe me ha encargado debe estar listo sin falta para mañana”… Todas ellas son situaciones que gracias al estrés podemos solventar hoy felizmente.

Cuando las demandas de la situación se han solventado, la respuesta de estrés cesa y nuestro organismo vuelve a su estado de equilibrio.