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Dedicado a mis hijos Sara y Pablo, con todo el amor de su padre

CAPÍTULO 1

LA SOCIEDAD, ESE GRAN INVENTO

La verdadera razón del absoluto triunfo de la especie humana es la creación y consolidación de la sociedad.

El ser humano es un ser social. Queramos o no, estamos obligados a vivir en sociedad. Salvo que nos aislemos en un entorno solitario y lejano, y además seamos capaces de conseguir por nosotros mismos todos los recursos necesarios para subsistir, claro está. De este tipo de ermitaños aislados del resto del mundo existen muy pocos casos, y la mayoría de ellos tienen algún tipo de contacto con otros seres humanos, aunque sea de manera ocasional. El resto, vivimos en sociedad con otros seres humanos.

Podemos opinar lo que queramos al respecto de la sociedad, y de hecho lo hacemos. Hay quienes la defienden a ultranza como elemento vertebrador de las relaciones humanas, quienes la ven como la creadora de la estructura que nos ha permitido avanzar y ser mejores, quienes defienden que sin ella nuestra especie habría desaparecido de la faz de la tierra, asolada por los predadores, el clima… Los defensores del sistema social, creen que la sociedad, aunque pueda tener sus defectos, tiene más virtudes.

Y hay quienes, por el contrario, la ven como el culpable de todos nuestros males, como el origen de todas las desigualdades que convierten a los más desfavorecidos en víctimas del “sistema social” y al resto como beneficiarios y causantes de la pobreza del resto.

Sin embargo, la mayoría de las personas se centran en asegurar su propia supervivencia y la de su entorno más próximo, sin plantearse si la sociedad es buena, mala o mejorable.

Y, como casi siempre, todas las posturas tienen su parte de razón. La sociedad en que vivimos nos ha posibilitado, no solo sobrevivir como especie, sino convertirnos en la que domina el planeta, y al parecer de forma egoísta y abusiva. Pero, ¿a qué precio? Destrozamos el medio ambiente para construir ciudades y carreteras, esquilmamos los recursos naturales, eliminamos a otras especies que consideramos molestas o peligrosas, contaminamos el aire y el agua….

No voy a decantarme aquí por ninguna de las posturas en lo referente a la valoración de la sociedad, porque considero que ese no es mi papel. Yo solo pretendo transmitirte la información que considero necesaria para que adoptes tu propia postura sobre este asunto.

Para aportarte algo más de conocimiento al respecto, me permito citar a continuación unos pocos párrafos que he entresacado de El Contrato Social de Jean Jacques Rousseau:

El hombre ha nacido libre, y sin embargo, vive en todas partes entre cadenas. El mismo que se considera amo, no deja por eso de ser menos esclavo que los demás.

Pero el orden social constituye un derecho sagrado que sirve de base a todos los demás. Sin embargo, este derecho no es un derecho natural: está fundado sobre convenciones.

La más antigua de todas las sociedades, y la única natural, es la de la familia. La familia es pues, si se quiere, el primer modelo de las sociedades políticas: el jefe es la imagen del padre, el pueblo la de los hijos, y todos, habiendo nacido iguales y libres, no enajenan su libertad sino en cambio de su utilidad.

Toda la diferencia consiste en que, en la familia, el amor paternal recompensa al padre de los cuidados que prodiga a sus hijos, en tanto que, en el Estado, es el placer del mando el que suple o sustituye este amor que el jefe no siente por sus gobernados.

Apoyándome en lo expuesto por Rousseau, me gustaría hacer aquí un esbozo evolutivo de la especie humana. Si partimos de nuestros antepasados primates, como los chimpancés y los gorilas, ellos viven en clanes familiares, en los que un macho dominante ejerce su control y protección sobre el resto de los miembros del grupo. Esta forma de estructura “social”, ya existía en sus antecesores y es la propia de casi todos los mamíferos, con las evidentes diferenciaciones en función de la especie. Los progenitores, por lo general, se ocupan de criar a sus descendientes hasta que estos pueden valerse por sí mismos y se independizan de sus padres.

Pero la novedad que introducen los mamíferos superiores, amparada por un incremento notable de su inteligencia, es que estos vástagos pueden permanecer en el núcleo familiar por tiempo indefinido, colaborando así en el mantenimiento del grupo.

Pasamos de la asociación formada por los padres y sus hijos (quienes se independizarán con el tiempo), al clan que agrupa además a otros miembros con mayor o menor consanguinidad, formando una unidad diferente del grupo familiar o la manada. Y son los lazos afectivos, de mayor o menor intensidad, según la escala evolutiva de la especie, los que definen este nuevo modelo organizativo grupal, basado no solo en la supervivencia del individuo y la especie, sino también en las emociones y los sentimientos compartidos. A la vez que el individuo se hace más racional e inteligente, se desarrolla también la faceta emocional de su intelecto.

Es en esta época cuando nacen el amor y el afecto, y su antagonista consiguiente, el odio, que continúan siendo la base en la que se asienta nuestra vida actualmente. Si analizamos nuestra sociedad comprobaremos que, independientemente de lo avanzada que se encuentre, el amor y el odio siguen siendo los motores del comportamiento humano; que nuestras emociones y sentimientos determinan nuestra posición en esa sociedad.

Nuestros antecesores prehistóricos asumieron este modelo hasta el momento en el que aparece la fabricación de herramientas y su correspondiente comercio posterior. Es en el periodo paleolítico en el que comienza ese intercambio de bienes entre clanes, que posibilita el establecimiento de relaciones estables entre los mismos. Y también es el padre de la guerra por el control de esos bienes y/o recursos.

En resumen, el acceso a los mismos puede conseguirse de forma pacífica y simbiótica, con lo cual hablaríamos del comercio, o de manera egoísta y violenta, lo que desencadena las guerras. Y así continúa siendo desde entonces, no hemos cambiado tanto…

Volviendo al aspecto emocional de estas relaciones, si están basadas en el amor, promoveremos un comercio justo para todas las partes y buscaremos el bien común; pero si nuestras relaciones se fundamentan en el miedo, el egoísmo y el odio, la violencia será nuestro modo de actuación preponderante. Es así de sencillo.

Y es en este punto cuando me permito citar a Charles Darwin, que en su revolucionaria obra El Origen de las Especies, nos dice lo siguiente:

No podemos dudar que los individuos que tengan alguna ventaja sobre los demás, por pequeña que esta sea, tendrán las mayores probabilidades de sobrevivir y de reproducir su especie. También podemos estar seguros de que cualquier variación en el más pequeño grado perjudicial sería rígidamente destruida. Esta conservación de las variaciones y diferencias individuales favorables, y la destrucción de aquellas que son nocivas, es lo que hemos llamado selección natural o supervivencia de los más aptos.

Esta supervivencia del más adaptado, característica de todos los seres vivos del planeta, se quiebra en el momento en el que aparecen los lazos afectivos más evolucionados entre los miembros de un grupo. Como amamos a los individuos del clan, procuraremos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para asegurar su supervivencia, independientemente de su mayor o menor adaptación al entorno. Buscaremos el bien común como forma suprema del espíritu de supervivencia. De hecho, yo mismo no me imagino cómo podría haber sido mi vida sin algo tan común como mis lentes y por tanto, gracias al arduo trabajo de Salvino Armato. Este físico y óptico oriundo de Florencia, mejoró su propia visión, cuando en el año 1280 efectuaba unos experimentos basados en la refracción de la luz, y se cree que ideó unas gruesas lentes correctoras de forma curva. Sin él, y sin todos aquellos que continuaron con su obra, mi supervivencia y la de todos los miopes en un entorno hostil, habría sido más que dudosa, por citar solo un ejemplo.

Este y otros supuestos de nuestra vida cotidiana, de los que cualquiera podría aportar innumerables ejemplos, demuestran que nuestra forma principal de adaptación biológica es la cultura, no la anatomía. De hecho, el ser humano actual es muy débil y torpe físicamente, y mucho menos adaptado al ambiente externo que el resto de las especies animales. Hemos modificado nuestro entorno, construyendo primero aldeas y después ciudades, para protegernos de la hostilidad del exterior, hasta tal punto, que nos hemos aislado de la naturaleza en la que vivíamos para crear una especie de jaula de cristal global, en la que, si bien estamos protegidos, también nos podemos sentir encarcelados.

En este momento me permito recordarte la cita más famosa del escritor latino Plauto:

El hombre es un lobo para el hombre.

Esta frase fue popularizada por Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, quién la adaptó en su obra Leviatán. Se puede interpretar que en su libro, Hobbes presupone que el egoísmo está en la base del comportamiento humano, aunque la sociedad en su conjunto intenta solucionar ese problema, favoreciendo la convivencia. Presupone por tanto que el egoísmo está por encima del resto de los sentimientos, y que sin la corrección social, se convertiría en el predominante.

Sin embargo, esta frase de Plauto forma parte de un texto más extenso, que dice:

Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.

En este contexto, se introduce un elemento añadido que Hobbes no utiliza: El conocimiento del otro. Si conoces al otro, dejas de tenerle miedo, deja de representar una amenaza para ti y, por tanto, la relación mutua puede ser menos animal y más humana. El miedo a lo desconocido es uno de los mayores obstáculos con que nos encontramos los seres humanos. La incertidumbre que nos provoca, puede superarnos y despertar nuestros peores instintos. Nuestro raciocinio pretende acercarnos al conocimiento y nuestro miedo alejarnos de él.

Evidentemente, el miedo puede servirnos de barrera contra el peligro. Pero, como seres inteligentes que somos, debemos explorar ese miedo y comprobar de manera inequívoca si esa amenaza que intuimos es real o imaginaria; si podemos hacerle frente, rodearla o escondernos de ella. El conocimiento suele revelar que la situación que provoca ese miedo no es tan real ni tan grave como parecía en un principio. Y el conocimiento del otro puede desterrar ese sentimiento de amenaza que puede inspirarnos.

El conflicto ideológico que subyace en estas cuestiones es la bondad natural del ser humano. ¿Existe realmente? ¿Las personas somos buenas por naturaleza? O por el contrario ¿es el egoísmo y la maldad nuestra naturaleza predominante? Yo me decanto por una solución intermedia: ni somos tan malos como parecemos ni tan buenos como nos creemos. El ser humano es dual por naturaleza y ambos comportamientos coexisten dentro de nosotros. Pero el conocimiento del otro siempre nos proporcionará la información necesaria para elegir un comportamiento u otro. Cuanto más profundo sea ese conocimiento, con más elementos de juicio contaremos para tomar la decisión adecuada para desterrar el miedo al otro y cambiarlo por otros sentimientos más beneficiosos. Si, por ejemplo, el otro alberga sentimientos negativos hacia ti, conociéndole lo sabrás y estarás más preparado para hacerle frente.

La bondad y la maldad son los dos extremos de una misma línea, que define nuestra actitud hacia los demás. Se ha especulado mucho sobre si la naturaleza humana es buena o mala en sí, y para zanjar esta cuestión, voy a permitirme citar una historia que, al parecer, un anciano indio Cherokee le contó hace mucho tiempo a su nieto:

Dentro de cada uno de nosotros hay siempre una ardua batalla entre dos lobos. Uno de ellos es malvado. Es la ira, la envidia, el resentimiento y el odio, la mentira y el egoísmo… El otro, sin embargo, es bueno. Es el amor, la felicidad, la paz, la esperanza, la humildad, el desapego de nosotros mismos… Y su lucha es constante y dura. Siempre están al acecho, para imponerse sobre el otro.

El niño se paró a pensar en lo que había escuchado, y al cabo de un tiempo, preguntó:

–¿Y cuál de ellos gana esa batalla, abuelo?

El anciano, le miró con afecto, le sonrió, y respondió:

–Aquel de entre los dos al que tú alimentes.

Por tanto, creo que esa discusión sobre la realidad de la naturaleza humana es en vano. Todos llevamos dentro a esos dos lobos, y nuestra actitud dependerá de nuestras elecciones.

Uno de los elementos básicos de la sociedad es la cooperación entre sus miembros para asegurar la supervivencia del grupo. En las sociedades primitivas, los más adaptados para las diversas tareas a desarrollar por parte del colectivo, desempeñaban esas funciones. Cada miembro ocupaba su lugar y contribuía de esa manera al bien común y a la supervivencia de cada miembro del clan, amparada en la supervivencia del colectivo.

Siempre ha habido quien, dominado por el miedo o el egoísmo (que no es más que miedo disfrazado), ha intentado sacar beneficio del trabajo y las creaciones ajenas, y me temo que siempre los habrá. El miedo es un compañero muy difícil de contentar. No olvidemos que la raíz de todos los comportamientos de auto–defensa es el miedo.

El problema más evidente en estas sociedades incipientes nace cuando, al crecer cada vez más el grupo e integrarse en él cada vez más clanes diferentes, se produce un encuentro de elementos “alfa” que, anteriormente ejercían el poder en sus clanes, y que pueden verse relegados a un papel secundario dentro del grupo grande. Esta circunstancia representa un golpe muy fuerte para sus egos, que es complicado de asumir. En ese momento nacen las luchas internas por el poder dentro del grupo. Esos individuos alfa, atraen a su círculo a adeptos a su causa por la supremacía, y lo que en principio debería ser una lucha entre dos personas, se convierte en una guerra entre dos facciones.

La mayoría de nosotros nos sentimos obligados a tomar partido por una de las facciones que abanderan los que nos rodean. Puede ser en nuestra propia familia, en el trabajo, en nuestras ideas políticas, etc.

La cuestión de fondo es si realmente es necesario elegir un bando al que adscribirse en todas las facetas de nuestra vida, a todas horas. Yo creo que cada uno debe elegir desde su libertad individual, para no verse arrastrado a participar en conflictos que ni son suyos ni le interesan lo más mínimo. Pero la presión que ejerce el grupo, la sociedad, suele ser demasiado fuerte y persistente. Estamos bombardeados por una avalancha de constantes peticiones de elección, “compra esto o aquello, únete a este partido político, yo tengo la razón y tienes que estar de mi lado…”, que nos acosan con mayor o menor virulencia.

Esta sensación de acoso nos sitúa en muchas ocasiones ante situaciones de estrés que nos complican la vida más de lo que ya la tenemos. Elegimos según el criterio de otros y no utilizando el nuestro. En ocasiones por no discutir, en otras por desconocimiento del asunto que nos presentan, por congraciarnos con lo que representa esa idea, porque lo hace todo el mundo…

Y terminamos sumergidos en un proceloso océano de elecciones no deseadas realmente, que nos arrastra paulatinamente al fondo y nos impide ser quien realmente somos. Renunciamos a nuestra propia individualidad buscando la protección del grupo, sin darnos cuenta de que, la única forma de ser felices es ser nosotros mismos.

Todas las sociedades humanas, al igual que las sociedades animales, desde las hormigas a los chimpancés, se rigen por una serie de normas que tienen como objetivo la supervivencia del grupo. Esas normas suelen ser de obligado cumplimiento. Cada miembro del grupo asume sus tareas sin cuestionarlas. Nunca veremos a una hormiga guerrera trabajando como una obrera o viceversa. Hasta tal punto, son importantes las normas, que se pueden llegar a sacrificar a unos pocos miembros para salvar al colectivo.

La diferencia que caracteriza a las sociedades más evolucionadas y, entre ellas a la humana, radica en que muchas de nuestras normas y costumbres responden a diferenciaciones culturales, y no tanto a necesidades reales del grupo. Muy poco tienen que ver entre sí las sociedades occidentales con las asiáticas o las africanas, por ejemplo.

Cuando entran en juego los valores más elevados y las personas comienzan a preocuparse de algo más que la mera subsistencia, aparecen fenómenos culturales y religiosos, que acaban definiendo una gran variedad cultural, muy diferenciada. No voy a entrar a valorar cada una de ellas, porque considero que la cultura y la religión de un pueblo forman parte inherente de su esencia ancestral. Desde aquí, mi máximo respeto hacia todas esas manifestaciones.

Una vez hecha esta aclaración, sí que quiero detenerme en las normas que rigen a una sociedad, lo que llamamos convenciones sociales. Algunas de ellas pueden ser consideradas como necesarias para el mantenimiento del colectivo, pero otras, sin embargo, se deben únicamente a la diferenciación entre sus miembros.

Muchas de esas normas dividen a los miembros del colectivo en clases, más allá del papel que esos individuos juegan en el grupo. No hay más observar detenidamente el sistema de castas que impera en muchos países, la discriminación racial en muchas partes del mundo, la opresión a la que se ven sometidas las mujeres por su condición de tales, para comprender que no se mide a esas personas por lo que valen o por lo que pueden aportar al grupo.

Los criterios de definición de la clase social a la que uno pertenece no se orientan en este caso a la mejora del grupo sino al mantenimiento de un sistema elitista que asegura a sus miembros una prevalencia sobre el resto, independientemente de su valor real como personas.

Ya han quedado muy lejos los gremios medievales, en los que la profesión se heredaba obligatoriamente de padres a hijos, por ejemplo, pero cada vez es más patente esa separación de los individuos en clases. Y este sistema clasista dificulta en gran medida que muchos miembros del grupo realicen las funciones para las que están mejor dotados y los condenan a una existencia fuera de su valía real. Esta circunstancia es el origen de muchas frustraciones, que pueden afectar seriamente a nuestra vida.

Por otra parte, existe lo que podríamos llamar normas de urbanidad y buena educación. Estas convenciones pretenden asegurar una buena relación de convivencia entre los miembros del grupo, aunque, muchas veces también sirven para establecer las diferencias de clase.

No obstante, debemos reconocer que las circunstancias sociales y culturales en que nace una persona, suelen ser más un obstáculo que un freno a sus aspiraciones dentro de la sociedad. La vida puede resultar más fácil para una persona perteneciente a la élite social, pero esa pertenencia no le asegura una existencia feliz. Como veremos más adelante, la auténtica felicidad no se mide por lo que tienes sino por lo que puedes compartir y con quién, entre otros factores.

Pero, de este y otros temas relativos a nuestra relación con la sociedad, hablaremos más extensamente en los siguientes capítulos de este libro.

CAPÍTULO 2

APRENDAMOS A APRENDER

Solo sé que no sé nada.

Sócrates

El aprendizaje es una de las bases de nuestra diferenciación como especie: aprender unos de otros, compartir experiencias, mejorar como personas y como colectivo. El ser humano es lo que es gracias al aprendizaje. Sin él, no sabríamos hablar, caminar erguidos, procesar los productos naturales, modificar nuestro entorno según nuestras necesidades…

Nuestro poso cultural, transmitido de generación en generación, nos coloca en una situación de partida mucho mejor que la del resto de especies. Una generación recibe de las anteriores un inmenso caudal de conocimiento y de habilidades, que intenta mejorar y transmitir a la siguiente.

Imaginad solo por un momento que nosotros, tuviéramos que re–inventar todo el saber, todos los avances tecnológicos que la especie humana lleva atesorando desde la prehistoria. Que tuviéramos que aprender a dominar el fuego, inventar la rueda, el vestido, el lenguaje, todos los medios de transporte, todos los sucesivos modos de construcción de herramientas y viviendas, la radio, la televisión, los ordenadores, la filosofía, las creencias religiosas y éticas, etc.

Es absolutamente evidente que una sola generación no puede crear ni tan siquiera una pequeñísima porción de todo esto. Necesita auparse a las bases colocadas por cada generación de las que la precedieron, aprender de sus aciertos y de sus errores, para avanzar y mejorar cada día más.

Por cómo está actualmente el mundo, me parece que no es una práctica muy común la de buscar los errores que cometieron otras generaciones e intentar corregirlos. Generalmente se acepta como bueno lo que nos ha llegado, sin el menor espíritu crítico. Aprendemos lo que nos dicen que debemos aprender, del modo en el que nos lo dicen, para los objetivos que nos marcan… y ya está.

Es indiscutible que, durante la infancia, no estamos capacitados para elegir lo que queremos aprender o cómo queremos aprenderlo. En esta etapa de nuestras vidas, debemos aceptar el modelo de aprendizaje impuesto en el país o región en el que nacemos y vivimos, no podemos elegir, porque nos faltan tanto las habilidades como las herramientas para poder hacerlo.

La educación durante nuestra infancia y juventud nos es impuesta por el entorno cultural en el que nos encontramos. Aprendemos el idioma y los usos y costumbres de nuestra familia y la cultura y el conocimiento generales de nuestros maestros en la escuela.

Todos los grandes estudiosos del mundo educativo insisten en que la función básica de la educación es la de formar individuos libres, conscientes y coherentes; que no es suficiente con inculcar a los niños y niñas un montón de conocimientos. Como dice el antiguo proverbio: Dale a un hombre un pez y comerá hoy, enséñale a pescar y comerá toda la vida. Esta es la verdadera función de la educación.