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Dedico este libro, especialmente a mi hija Marina
Giuliana, porque en este momento difícil de mi vida
ella es la raíz que me sostiene.

Y a mi marido, mi compañero.

A mi primo y padrino Luis (“el Nene”) y familia.

A mis sobrinas Solange y Melina.

A mi papá, Salomón.

A mi hermana Nélida y a mi cuñado Juan Carlos.

In Memoriam a Marta Carmen González, mi querida prima
y madrina, vaya mi infinita gratitud y mi sincero homenaje.

De igual manera in Memoriam a Mamá Julia,
tía Marta y Abuelo Lalito.

A todas las personas que me han enseñado
con sus experiencias, inspirándome y
sirviendo de ejemplo en este libro.

A quienes han hecho de mi infancia, niñez y juventud,
un tiempo de felicidad y aprendizajes provechosos.

Al Equipo de Mestas Ediciones, porque ambas partes sabemos
que escribir y publicar, puede significar salvar vidas.

Una cita de Eleanor Roosevelt, dice:

Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento.

Que seas tú quien decida cómo vas a sentirte:
en todos los ámbitos de tu vida, a cada momento.

Y que decidas sentir que cada día es
una nueva oportunidad para avanzar.

La autora

INTRODUCCIÓN

Este libro es una guía que tiene la intención de proporcionar a las nuevas generaciones herramientas necesarias y prácticas para tener una vida más feliz, más exitosa en todas sus facetas, adaptándose al momento histórico que toca vivir.

En la escritura del libro, me suelo dirigir en primer lugar a los progenitores, pero estas páginas no están dedicadas solamente a padres, sino también a todas aquellas personas que están relacionadas con niños y jóvenes. Es decir: padres, abuelos, tíos, primos, educadores, cuidadores, tutores, docentes, auxiliares e incluidos amigos de la familia, pues también esas relaciones influirán en las personas que frecuentan. ¿Por qué? Porque los niños se educan con la suma de todo lo que van recibiendo, día a día. No los educa una sola persona, ni dos. Todos los agentes que los niños irán encontrando en su transitar por la vida, le harán sus aportes.

Nuestros niños y jóvenes nacen y crecen en un contexto que es cada vez más competitivo y hostil. Las sociedades van perfilándose con características más notorias de agresividad a nivel escolar y laboral; marcadas por épocas de acentuadas crisis, que dan como resultados altos índices de desempleo y de fracaso escolar. Nosotros, como padres, como educadores y agentes activos en el rescate de valores, debemos tener instrumentos para poder asumir todo esto.

Y no sólo nos toca hacer frente a estas problemáticas como seres individuales, sino también como organización familiar. Si somos responsables de una familia, tenemos la ineludible tarea de enseñar a nuestros hijos a prepararse y a saber responder a los cambios que van llegando, para que sean bien asimilados, sin llegar a ser traumáticos.

Es hora de tomar conciencia de una gran realidad existente desde tiempos inmemoriales, pero a veces desconocida u olvidada en nuestro actuar cotidiano: “Somos modelos de nuestros hijos”. Seamos conscientes o no, ellos nos miran todo el tiempo. Y, lamentablemente, no sólo miran nuestros aciertos… Con ojos de admiración, de crítica o incluso de duda, ellos están ahí con sus cinco sentidos bien atentos, comprendiendo como pueden las cosas que suceden, analizando bajo la óptica de la madurez que tengan, encajando nuestro actuar en su razonamiento, construyendo la realidad que viven a través de sus ideas. Nuestros hijos saben mucho más de lo que nosotros decimos, pensamos y creemos. Ellos tienen siempre encendida una especie de “antena” para captar incluso lo que no se dice: o sea para entender el lenguaje no verbal de miradas, gestos, ademanes, posturas corporales; pueden, muchas veces, leer entre líneas e interpretar hasta nuestros silencios…

Más allá de nuestra voluntad, los hijos, que son grandes observadores, repetirán muchas de nuestras conductas, porque sin querer las habrán ido incorporando. A continuación quisiera poner un ejemplo sencillo, que muestra claramente lo dicho.

Un gran amigo, que vive en el campo, una vez me hizo un comentario muy curioso a propósito de esto:

–A medida que mi hijo mayor iba creciendo yo observaba en él, con ojos incrédulos, que el chico repetía gestos y actitudes de mi padre. Lo más increíble de eso es que mi hijo jamás conoció a mi padre, pues falleció muchísimo tiempo antes de que él naciera. Yo no daba crédito a lo que veía, pero día a día lo seguía comprobando… Hasta que una persona me dio la respuesta.

–¡Me encantaría saberla! –exclamé intrigadísima.

–Era yo mismo quien había copiado esas actitudes y gestos de mi padre, sin saberlo; reproduciéndolos cada día sin darme cuenta. Y mi hijo, de manera espontánea, imitó todo eso de mí, ignorando de dónde venía. ¡Pero hasta que no lo vi en él, yo no supe que todo eso estaba en mi vida diaria y que mi padre seguía permaneciendo, hasta en esas pequeñas cosas…!

Este sencillo comentario es muy contundente, porque demuestra que a la vez nosotros somos, en ciertos aspectos, el reflejo de otras personas que nos marcaron. Para bien o para mal. Y eso se puede repetir en nuestros sucesores. De ahí la importancia de corregir, de sanar costumbres no saludables de nuestro actuar cotidiano, para bien de todos.

Lo que este amigo me dijo, tiene además el poder de demostrar lo que decíamos antes: que nosotros somos “constructores”, aunque a mí me gusta más el término “sembradores”, en las vidas de las personas con las que interactuamos por largos períodos de tiempo; como por ejemplo nuestros hijos y otros familiares cercanos… Pero también lo somos en nuestros amigos, compañeros de trabajo, alumnos –si nos dedicamos a la docencia–, pues influimos en ellos de manera considerable. Eso sí, podemos sembrar flores o espinas… De acuerdo a lo sembrado, será lo que vamos a cosechar. Alguien me dirá: “También hay flores con espinas”. Sí, claro, lo sé muy bien. Y no sólo eso, sino que además las espinas son inevitables… Pero habrá que ver la proporción de flores y de espinas, digo yo. Comparar las cantidades de ambas, por decirlo de algún modo ilustrativo, e ir ajustando la siembra, para que la cosecha resulte más positiva que negativa.

No importan las edades que tengan, niños y jóvenes necesitan aprender a vivir de manera optimista; con ideas de éxito, de prosperidad, de progreso, inclusive cuando a su alrededor puedan tener adultos pesimistas o indiferentes… Sean éstos profesores, tutores, monitores, directores, preparadores en cualquier nivel o personas del propio entorno familiar o social.

Los capítulos que trataremos están relacionados con diversos ámbitos: familiar, de la salud, escolar y, para culminar, no podemos olvidarnos del buen humor y sus ventajas.

A continuación pasaré a explicar los motivos que me llevaron a incluir estos asuntos en el presente libro.

Toda la vida de los seres humanos está, en mayor o menor medida e intensidad, sujeta a relaciones con el ámbito familiar. Más aún cuando dichos seres humanos están desarrollándose física, intelectual y emocionalmente. El hogar es la base de la sociedad, donde se forman futuros hombres y mujeres, por tanto la influencia que ejerce en los individuos es verdaderamente relevante. Dentro de este ámbito he incluido, de modo general, a la tercera edad y su importancia en la sociedad actual con respecto a las nuevas generaciones.

El ámbito de la salud no podía estar ausente pues su repercusión es decisiva a la hora de tener una vida optimista y feliz. Eso es lo que la mayoría buscamos para nosotros y nuestros hijos a lo largo de toda la existencia, por lo tanto es de carácter prioritario. En este capítulo, es inevitable hablar de las enfermedades y no podemos ignorar que muchas veces, la consecuencia de ellas es la muerte; por lo tanto he incluido, en líneas generales, el tema de cómo proceder con niños y jóvenes en una situación de duelo.

Otro punto esencial son las instituciones escolares, pues inciden de manera notoria en la vida de niños y jóvenes. Esto se debe a la cantidad de horas que pasan en ellas; como así también a todo lo que allí experimentan: procesos de aprendizaje relacionados con la madurez e inmadurez, socialización que incluye amigos y elección de afectos, interacción con una “sociedad en miniatura”, aceptación y rechazo, asimilación de conceptos, avances y retrocesos, premios y castigos, errores y aciertos, construcción de esquemas internos y externos de todo tipo, experiencias positivas y negativas, tomas de decisiones, cierta independencia del hogar, etc.

Por lo tanto, he considerado necesario dar unas pinceladas referentes el ámbito escolar para reflexionar sobre algunos puntos que no pueden ser ignorados. Me ha parecido oportuno abordarlos, articulándolos con el hogar. Cabe aclarar que este capítulo tiene una experiencia muy interesante, acerca del Efecto Pigmalión, mostrado desde la práctica a través del caso de una persona muy allegada a mí. Por la manera en que esta experiencia se ha desarrollado, he decidido incluirla en un Anexo al final del libro y sé que los lectores no permanecerán indiferentes a ella.

El humorismo tiene su propio capítulo pues lo considero vital en la relación con nuestros hijos, sobrinos, nietos, primos, alumnos, hijos de amigos y en general con todas las personas y en todos los aspectos de la vida. Si tenemos la sabiduría de hacer del buen humor nuestro compañero, cada faceta de la existencia cobrará otro interés, se abrirán puertas, se reforzarán las relaciones, mejorará la salud, estaremos más predispuestos a aprender, desarrollaremos mayor creatividad y los problemas se verán bajo otra perspectiva.

Siguiendo la dinámica de mi primer libro, que ha tenido varios miles de lectores y muchos comentarios favorables, he continuado con ejercicios prácticos al final de cada capítulo. Dichos ejercicios prácticos son un camino viable para empezar a apropiarse de esas ideas que queremos que nuestros niños y jóvenes consigan, o que, al menos, conserven si las tuvieran ya adquiridas.

Como padres (o lo que seamos según nos haya tocado) hemos dicho que somos modelos; esto es una realidad más allá de que nos guste o no, de que lo sepamos o no. Por lo tanto, estas páginas deberán ser “asimiladas” primero por nosotros, los adultos; para que podamos luego transmitirlas de distintas maneras.

Después de comprender y aceptar en la teoría ciertos argumentos e ideas, lo más conveniente es llevarlos a la práctica utilizando alguna dinámica de grupo adecuada y divertida, para que dichos argumentos e ideas se internalicen, se interioricen, se refuercen y se fijen de modo aún más efectivo. Esa es la función que cumplen los ejercicios prácticos que aparecen en este libro.

Vale destacar que, en la medida de lo posible, el adulto que guíe el ejercicio práctico, participará como uno más. Pueden ser utilizados por todos y aportarán otros beneficios, como por ejemplo:

Los lectores que son padres y todos los adultos implicados en el trato con niños y jóvenes, verán como resultado una mejor calidad en las relaciones (sean de parentesco o de amistad), comunicación eficaz, control de situaciones de tensión, resolución de problemas, auto-superación, apreciación de diferencias, virtudes, valores de cada integrante del núcleo familiar, etc.

Los docentes que deseen aplicarlos a sus grupos de alumnos podrán: mejorar el rendimiento educativo, armonizar la comunicación entre compañeros, dar impulso a entablar nuevas amistades, acrecentar la autoestima por comprender que todos tenemos cualidades destacables, conocer más profundamente a sus alumnos. También podrán fomentar el aprecio, la aceptación, la tolerancia, los puntos de vista positivos y enriquecer la relación maestro-alumno, que se reflejará en mejores resultados de todo tipo (académico, social, conductual, profesional, etc.)

Cuantos más ejercicios pongamos en práctica, más rápido llegará el resultado y sus esperados cambios. Si quienes participan no se encuentran cómodos con algún ejercicio propuesto y después de hacerlo varias veces en distintos momentos siguen las resistencias, cambiaremos por otros o los adaptaremos a las necesidades y gustos. Se admiten todo tipo de ideas, con una única condición:

“Siempre en positivo con el fin de construirnos y mejorarnos, respetando a los demás”.

Al final de cada capítulo se encuentra un Resumen que contiene sus puntos principales, a fin de encontrar fácilmente aquello que se ha tratado.

Espero que estas páginas sean de provecho, de reflexión y de aprendizaje en distintos momentos de la vida; porque si se lee en momentos diferentes, se captan cosas diferentes aunque se trate del mismo libro. ¡Así de mágica es la lectura y la apertura de la mente hacia ella!

E. B.

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CAPÍTULO 1

¿CÓMO MEJORAR LAS RELACIONES PERSONALES Y FAMILIARES?

“Etiquetas” y profecías negativas: ¡fuera!

Comúnmente decimos que los niños son como espejos y esponjas: copian y absorben todo, incluso muchas veces –sobre todo en contextos de mucha familiaridad y confianza– captan aquellas cosas que tratamos de ocultar.

Si los adultos “etiquetamos” (y con este término quiero decir “calificamos negativamente”, “encasillamos”) a otras personas, los niños harán lo mismo con todos: con los demás y con nosotros.

En el ámbito escolar, laboral y social se da muchísimo, pero también en la vida cotidiana; sin darnos cuenta muchas veces criticamos conductas de los miembros de nuestra familia porque no somos conscientes del daño que podemos causar o por la equivocada idea de que así cambiaremos lo que no nos gusta del otro. Sin embargo, esto, lamentablemente, lleva a un resultado peor. Las críticas hunden y hacen recaer en conductas indeseadas.

Hay que destacar en todos los casos los aspectos positivos de los hijos, y frente a esta actitud ellos se sentirán valorizados y respetados. Esto no significa bajo ningún punto de vista que no haya que señalarles los límites, que no haya que exigirles más para que descubran su gran potencial, al contrario.

No confundamos estimularlos con inculcarles el narcisismo, el egoísmo, la soberbia…

De la misma manera hay que erradicar las profecías o predicciones negativas de cualquier tipo, en todos los ámbitos y temas; pues aquello que un adulto puede decir a la ligera, sin tomarse muy en serio sus propias palabras –o, peor aún, como amenaza– para un niño puede significar una catástrofe.

Prestemos atención

Cuando los adjetivos calificativos que les damos a otros son buenos, son positivos: bienvenidos sean, pues seguro que propiciarán relaciones mejores con aquellos destinatarios que los hayan recibido. Pero si lo que fabricamos y pensamos sobre el otro es negativo y la etiqueta es nefasta: ahí no es todo tan bonito y armonioso. Tanto en un caso como en otro, olvidamos que nuestro juicio de valores está condicionado por nuestro punto de vista; el cual casi siempre es parcial. Con esto ya deberíamos de recordar que no estamos viendo el cuadro completo de la situación.

Pero hay más: si extrapolamos esto al ámbito personal, lo que solemos hacer es auto–etiquetarnos o aceptar sumisamente, la “clasificación” que alguien ha hecho de nosotros. Es necesario recordar que las etiquetas nocivas son sólo palabras vacías, que sirven únicamente para ponernos límites imaginarios que tienden a atrasar nuestro crecimiento personal y a desvalorizar nuestro verdadero ser. Por lo tanto, no podemos creer ni aceptar estas declaraciones y veredictos de otros sobre nosotros.

Todo es relativo

Una persona muy allegada a mí, en una conversación de unos meses atrás, me dijo algo que me dejó pensando: “Yo saqué una vez una conclusión que a mi parecer es muy cierta, escucha y dime qué opinas de esto: Mi peor enemigo, tiene su mejor amigo. ¡Nunca me debo permitir ser tan cerrado, ni tan ciego, al punto de olvidar que una persona, aunque para mí sea la peor, es querida por otros!”

Yo, por mi parte, entendí que había mucho de verdad en las palabras de mi amigo. Los demás pueden ver excelentes cualidades en quien nosotros consideramos alguien complicado, con quien no tenemos ninguna afinidad o incluso en alguien que nos haya hecho daño.

Sería conveniente que nuestros hijos empiecen a ver estos conceptos, construyendo o ampliando su idea de que todo es relativo y que no hay un dictamen absoluto o terminante.

Para provocar un cambio positivo en otro…

Propongo algunas sugerencias:

• Ser o actuar nosotros como queremos que esa persona sea o actúe. (Es decir, no puedo pedirle a mi niño que ordene su habitación, si yo no ordeno la mía. No debería exigirle a mi hijo adolescente que no diga palabrotas, si yo las digo.)

• Responder como si la otra persona ya hubiese conseguido el objetivo. Y animarla a continuar, sin agobiarla. No una sola vez, sino cada día. Dando tiempo para que el cambio positivo se instale y se haga un hábito.

• Alentar, resaltar, comentar con otros miembros de la familia y amigos, el cambio positivo que vayamos notando, por más pequeño que sea. Con normalidad, sin obsesionarnos.

Cuidado con las palabras

En distintos momentos de mi vida, desde el rol de maestra y de mamá, he oído decir a muchas madres estas palabras refiriéndose a sus hijos: “trasto”, “tarugo”, “plomo”, “comparado con fulanito, menganito es un desastre”, “muy flojo”, “zoquete”, “es de mala madera”, “alcornoque”… Cuando yo vivía en Roma oía decir: “buono a nulla” (es decir: “¡bueno en nada!”) ¿Alguien puede ser “bueno en nada”? ¡Por favor! No existe calificación más dolorosa y falsa que esa. Y la he escuchado muchas veces en distintos contextos.

Aun en momentos de ira hay que controlar el vocabulario, pues hay palabras que no se borrarán nunca de la memoria.

Y si se trata de una broma, es hora de recordar que el inconsciente no tiene sentido del humor, así que esa parte de nuestra mente tomará en serio todo lo que digamos. Y lo más probable es que quien lo escuche, si es un niño de corta edad, también lo tome en serio; pues los niños tampoco distinguen chistes o ironías dichas por un adulto en un momento de descuido, y por lo tanto lo considerará real.

La inocencia de los niños

Reitero: el niño cree lo que oye de los adultos, aun cuando juegan juntos. Tanto es así que, cierto domingo, estando con unos amigos, mi hija de casi once años, jugando con niñas más pequeñas, se pusieron todas a diseñar platos de comida con plastilina, y nos los traían al patio a las mamás que conversábamos. Yo fingía probarlos y expresaba que eran exquisitos, las felicitaba y elogiaba su imaginación, observaba cada “alimento” ofrecido, halagándolo y destacando detalles y cualidades. Mi amiga y yo nos involucramos en su juego de manera tal que rápidamente iban a preparar otros “menús” para traérnoslos. Al día siguiente, en casa, mi hija buscó su plastilina y empezó a crear de nuevo. Y entonces me preguntó: “Mamá, pero anoche, vos ¿no te dabas cuenta que la comida era de plastilina?”

¿Somos conscientes que educamos todo el tiempo?

La influencia de amigos y compañeros incide y muchas veces transgrede las enseñanzas que el hogar da al hijo. Pero más allá de esto, los niños, en todo momento, son un reflejo de sus respectivos hogares. La familia educa todo el tiempo: no hay sábados, domingos, festivos, ni días en que se pueda librar de esta tarea, pues es inherente al ser humano. Los miembros de la familia son educadores con cargos vitalicios y el niño observa y copia todos los días del año, las veinticuatro horas del día.

Actitudes de personas con autoestima alta (referido a niños y adolescentes)

Esta sencilla lista que presentamos a continuación, sirve para observar si el niño tiene algún problema de autoestima, lo cual es sumamente importante para poder afrontar con éxito o no, los eventuales problemas que se le presenten.

• Satisfacción de sus logros. Se sentirá contento al concluir un trabajo. Lo compartirá con las personas cercanas y tendrá una fuerte motivación interior.

• Amplitud de emociones y sentimientos. De forma espontánea se reirá, sonreirá, gritará, llorará y expresará su afecto, y, en general, pasará por distintas emociones sin reprimirse.

• Actitudes de sana independencia. Elegirá y decidirá cómo organizar y emplear sus ocupaciones, momentos de ocio, ropa, dinero, tiempo. Buscará amigos y diversión por sí solo.

• Adaptación con éxito a distintas circunstancias de creciente dificultad de acuerdo a su edad y madurez.

• Aceptación de responsabilidades con facilidad. Actuará con prontitud y seguridad en sí mismo y, sin que haya que pedírselo, asumirá la responsabilidad de ciertas tareas o necesidades evidentes (por ejemplo, colaborar en las tareas domésticas, ayudar a un amigo, etc.)

• Buena tolerancia ante la frustración. Será capaz de abordar los temas que le entristecen y preocupan. Podrá hacer frente a las frustraciones, utilizando recursos simples (mediante réplicas, sentido del humor, paciencia, etc.)

• Capacidad de influir en personas del entorno. La seguridad en sí mismo le hará comprender que ejerce un determinado efecto sobre miembros familiares, amigos e incluso, a veces, sobre las personas con autoridad como profesores, celadores, directivos.

• Entusiasmo en afrontar nuevos retos. Se sentirá atraído por realizar tareas desconocidas, por cosas y actividades novedosas, que le propongan nuevos aprendizajes tanto teóricos como prácticos, asumiendo dichas tareas con confianza y placer.

Actitudes de personas con autoestima baja

• Sensación de impotencia. Encarará retos y dificultades con pesar y esperando de antemano la propia derrota, debido a la falta total del convencimiento de poder superar cualquier inconveniente. Reflejará falta de seguridad y poca destreza en sus acciones y actitudes, provocadas por la falta de confianza en sí mismo.

• Debilidad ante el dominio y la influencia de otros. Personalidades más fuertes podrán manipularlo fácilmente. Será indeciso y cambiará de ideas y de comportamiento con mucha frecuencia, según sus compañías. Deseará complacer de manera excesiva y será incapaz de decir “no” por miedo a desagradar o a ser rechazado.

• Negación de tener inteligencia, aptitudes y talento. No encontrará en sí mismo valores positivos destacables. Estará convencido de no poder realizar, aprender o responsabilizarse de cualquier cosa que se le pida o encargue.

• Escasez de emociones y sentimientos. Repetirá una y otra vez unas pocas expresiones emocionales como el descuido, la inflexibilidad, la histeria, el enfado.

• Rechazo de las situaciones que provoquen ansiedad. Tendrá escasa resistencia ante las circunstancias que lo enfrenten al temor, angustia, ira o sensación de confusión, y hará todo lo posible por huir de ellas. Desgraciadamente, toda esta tensión muchas veces se manifiesta en problemas de salud.

• Ponerse a la defensiva y frustrarse con facilidad. Será una persona incapaz de aceptar las críticas o las peticiones inesperadas y pondrá excusas para justificar su comportamiento.

• Culpar a otros de sus debilidades. Rara vez admitirá errores y la mayoría de las veces atribuirá a los demás o a la mala suerte, la causa de sus dificultades.

• Sentimientos de inferioridad. Será inseguro o decididamente negativo sobre el afecto o el apoyo que le prestan sus padres y amigos. Tendrá la sensación de “ser menos” que los demás.

De todas formas, conviene tener en cuenta que el nivel de autoestima no es constante; es decir, aunque haya una tendencia general, es normal que se den altibajos.

Está claro que una autoestima positiva o alta, generará pensamientos de la misma clase. Y viceversa. Y, aunque parezca absurdo, en muchos casos determinará la felicidad, el éxito o la ineptitud de la persona (que puede incluso ser inexistente, pero al estar instalada como una verdad acérrima en sus creencias se verifica en sus actitudes, respondiendo al patrón interno.)

Valorarse y superarse

Consideramos transmitir estos principios a quienes están creciendo:

Saber valorarnos no es pensar que somos perfectos o ir por la vida creyéndonos mejores que nadie… Saber valorarnos significa aceptarnos con nuestros defectos y nuestras cualidades o virtudes: o sea, aceptarnos completamente.

Ejercicio de superación

Los profesores de baloncesto de mi niña propusieron un ejercicio muy constructivo. Explicaré a continuación en qué consistió. En una de las primeras clases, hicieron un circuito de obstáculos a lo largo del enorme salón del polideportivo. Conos, sillas, cuerdas en el suelo, bloques de plástico, entre otros, eran los elementos que los alumnos debían esquivar, saltar, etc., siguiendo las pautas de los profesores. Cada niño hizo el circuito varias veces y uno de los maestros anotaba los tiempos empleados. El reto era superar su propio tiempo cada vez. Es decir, que la idea de mejorar era aplicada a cada uno, sobre sí mismo.

Esta práctica puede ser llevada a cualquier otro campo: resolución de problemas escolares, ejercicios de memoria, juegos de preguntas y respuestas, entrenamientos físicos, análisis de oraciones, etc., siempre y cuando el nivel de dificultad sea similar en cada ocasión.

El ejemplo habla por sí solo y aclara perfectamente el concepto de superación (que es, en su segundo significado, “vencer dificultades”), concepto hoy en día tan manipulado y confundido con la competitividad (que es la “rivalidad para conseguir un fin”). Es preciso superarnos cada uno a sí mismo y no a los demás, tal como dice la Real Academia en su última acepción: “Superar. 5. Dicho de una persona: Hacer algo mejor que en otras ocasiones.”

Así, niños y jóvenes obtendrán otro beneficio añadido: no verán en los demás motivos de enemistad, envidia, o por el contrario: menosprecio, soberbia.

Ser más amable con ajenos ¿Es más fácil?

Muchas veces, es más fácil ser amable y risueño con personas más lejanas que con nuestra propia familia; esto no significa que no seamos agradables con los más cercanos. Pero muchas veces es como si en compañía de conocidos o amigos recuperáramos la autoestima y el equilibrio por sentirnos aceptados, escuchados, comprendidos. Esto es bastante lógico, porque el hecho de pasar con ajenos menos tiempo, puede hacer que no surjan situaciones conflictivas o que, si surgen, se dejen pasar para evitar enfrentamientos que no convienen.

De esto no quedan excluidos los niños, que muchas veces son elogiados por familiares de sus amiguitos, unos elogios que sorprenden a sus propios padres. Este hecho también se da en adolescentes, mucho más a menudo de lo que nos imaginamos. Es como si nuestros hijos pudieran “transformarse” en personas mejores, cuando están fuera de casa…

Dentro de casa