Cubierta

La sociedad gaseosa

Alberto Royo

Prólogo de
Enrique Moradiellos

Plataforma Editorial

A Alicia, siempre.

A mis hijos, Juan y Amaia.

Las convicciones son esperanzas.

BERTOLT BRECHT

Índice

  1.  
    1. Prólogo de Enrique Moradiellos
    2. Introducción
  2.  
    1. 1. Los clásicos
    2. 2. Padres modernos. Los «expertos» contra los cuentos de siempre
    3. 3. Tiempos cambiantes. Delenda est paedagogia
    4. 4. Robert Redford nos «enseña a enseñar»
    5. 5. La necesidad social de la cultura o la bella utilidad de la música
    6. 6. Bisbales y Alboranes
    7. 7. El conocimiento y las clases populares
    8. 8. El hombre-gas. De picaresca, empatía, hábitos y desconfianza
    9. 9. El saber por el saber
    10. 10. La emoción del conocimiento
    11. 11. En su más desnuda belleza
    12. 12. La pérdida de la mente contemplativa
    13. 13. Elogio de la lentitud
    14. 14. Delitos, faltas e imperativo moral
    15. 15. El llanto de la guitarra
    16. 16. Placer, alegría y felicidad
    17. 17. El precio de la libertad
    18. 18. Tradición y posmodernidad. La nueva pedagogía o el efecto placebo
    19. 19. La imprescindible continuidad con el pasado
    20. 20. Bruckner, Coppola, Roncero y el aquazumba. El zangolotinismo posmoderno
    21. 21. Cohen y Trump: verdad y posverdad
    22. 22. Malos tiempos para la lírica
    23. 23. Black Mirror educativo
    24. Epílogo 1. A modo de sainete pedagógico
    25. Epílogo 2. Defensa de la obviedad
    26. Agradecimientos

Prólogo

Parece evidente que hay ciertas profesiones que están mejor preparadas que otras para apreciar y sentir directamente los pálpitos más intensos de la vida social por su propia función y materia de trabajo. Es probablemente el caso de la policía (por su recurrente contacto con la maldad en sus diferentes modalidades), de la medicina (por su íntimo conocimiento de las variadas dolencias de los enfermos) y acaso de la judicatura (por su propia necesidad de arbitrar conflictos entre individuos heterogéneos). También es con seguridad el caso del profesorado, singularmente del encargado de los niveles de educación secundaria, por su estrecha relación con los segmentos de población que están destinados a marcar el futuro de las sociedades, puesto que han dejado ya atrás la infancia, pero todavía no están plenamente integrados en la ciudadanía activa y decisoria en términos sociopolíticos.

Alberto Royo (Zaragoza, 1973) es un musicólogo y profesor de música en enseñanza secundaria que ejerce a día de hoy su labor en Navarra. Es también un músico de oficio (guitarrista) prestigioso, amén de un prolífico comentarista de actualidad a través de su blog personal (<http://profesoratticus.blogspot.com.es>). Y es, finalmente, autor de un notable ensayo sobre los males educativos de los últimos decenios en España (Contra la nueva educación, Plataforma, 2016).

Esta nueva obra se incardina de manera muy coherente en la trayectoria de su autor y, de hecho, recoge, amplía y estructura algunas de sus previas intervenciones públicas en formato periodístico, bloguero o incluso televisivo. No en vano, el libro es en realidad un ensayo que da cuerpo a sus reflexiones sobre la problemática educativa en contextos más generales y determinados por esa «sociedad gaseosa» que parece regirse por la ausencia de criterios sólidos, razonamientos firmes y limitados horizontes éticos, todos ellos sustituidos por el relativismo estéril, la ramplonería argumentativa y el pragmatismo cortoplacista.

La mirada inquisitiva del ensayo de Alberto Royo se articula en varios epígrafes que tratan diferentes pero conexos aspectos de nuestra problemática socioeducativa con un estilo directo pero elegante, no pocas veces irónico y siempre comprometido y esperanzado: desde el más actual debate sobre los deberes escolares a la más clásica polémica sobre el papel de la pedagogía en la formación de los educadores, pasando por los retos planteados por la moderna tecnología a la actividad docente o la utilidad formativa de las humanidades en tiempos de descrédito humanístico. Y lo hace arropado por el aval de un conocimiento profundo de la literatura didáctico-pedagógica muy notable, que incluye la cita pertinente de autores clásicos como Quintiliano, Montaigne o Kant y el uso inteligente de autores actuales como Inger Enkvist, Gregorio Luri o George Steiner.

No es función de un prólogo resumir el texto prologado ni aquí se pretende cometer tal disparate. Pero sí cabe señalar y remarcar a los potenciales lectores, a juicio del prologuista, lo que es el mayor mérito de la obra que tiene el honor de introducir: la apasionada reivindicación del papel de la educación como esfuerzo institucional y personal para formar buenos ciudadanos que preserven y mantengan el nivel civilizatorio alcanzado (que no es un don del cielo irreversible, sino una conquista histórica costosa, contingente y nada garantizada para la eternidad). Y, como derivación lógica de todo ello, la defensa de una profesión docente que esté bien formada en sus fundamentos disciplinares y que se sienta y esté bien respetada en sus dimensiones socioinstitucionales. Ni más, ni menos.

El reverso de esas reivindicaciones es igualmente claro y nítido: combatir lo que el autor llama con buen juicio y acierto léxico el síndrome del «zangolotino». Se entiende por tal un personaje bien conocido por la sociedad actual y bien mimado por unas corrientes pedagógicas de supuestos indemostrados y efectos desastrosos: el alumno de secundaria («muchacho» y ya no «infante») al que se le permite comportarse «como un niño o al que se trata como un niño» (en la definición del Diccionario de autoridades de la Real Academia Española). De esa premisa mayor del zangolotino se deriva el corolario final de la errada concepción pedagógica que cambia voluntad de aprendizaje por motivación externa, énfasis en el saber sustantivo por atención al procedimiento adjetivo y apelación a la formación disciplinar del docente por desarrollo de sus facultades empáticas y emotivas.

Contra todas esas tendencias apuntadas y sufridas en primera persona como buen profesor de secundaria reacciona el ensayo de Alberto Royo sin reparos, con contundencia y mediante argumentada reflexión sazonada de ilustrativas anécdotas. Y todo ello bajo un principio rector bien expuesto: «Si discutimos que para enseñar lo más importante no es saber, admitimos que es posible enseñar sabiendo poco». Porque, entonces, el alumno deviene zangolotino mimado y cuidado hasta el desquiciamiento más absurdo y letal. En este punto, la pertinencia de la reflexión de Alberto Royo es más que oportuna y necesaria porque va contra corriente y enfrenta dogmas infundados, pero absurdamente bien asentados académica e institucionalmente.

A este respecto, baste recordar los resultados de un impactante informe de la Universidad de Durham del año 2015 sobre prácticas docentes efectivas o ineficaces (obra de un equipo dirigido por el matemático y pedagogo Robert Coe). En el primer caso, como recuerda Alberto Royo en su ensayo, el estudio confirmaba el acierto de la máxima clásica (Primum discere, deinde docere: Primero aprende y solo después enseña): el elemento primario y crucial para ser un buen profesor consiste en dominar su materia específica y conocer bien sus fundamentos científicos y disciplinares. En el segundo caso, también las conclusiones del informe son reveladoras: muchas prácticas docentes promovidas por las nuevas corrientes pedagógicas «pueden ser dañinas para el aprendizaje y no tienen ninguna base en las investigaciones empíricas». Y se cita textualmente el uso de la alabanza exagerada a los alumnos para motivarlos, permitir que descubran nuevas ideas por sí mismos, agrupar a los estudiantes por habilidades y presentar información a los estudiantes basándose en su «estilo de aprendizaje preferido».

En definitiva, Alberto Royo nada contra corrientes sociopedagógicas fuertes en su implantación mediática e institucional, pero débiles en su fundamentación científica y desastrosas en sus resultados sociales empíricos recurrentes. Por eso mismo es importante conocer sus argumentos, sostener su esfuerzo y contribuir a difundirlo hasta hacerlo mayoritario y dominante en esos espacios públicos informados y decisorios. A todos nos va mucho en esa labor. Sobre todo, a los jóvenes estudiantes de hoy y de mañana.

ENRIQUE MORADIELLOS

Introducción

Gaseoso/sa: Que se halla en estado de gas.

Gas: Fluido que tiende a expandirse y que se caracteriza por su baja densidad, como el aire.

Zygmunt Bauman habló de la «modernidad líquida»1 para referirse a la disolución de principios que creíamos estables y robustos, los de una ¿vieja? sociedad que cada vez reconocemos menos en la actual. Antonio Muñoz Molina2 escribió sobre lo que antes era (o aparentaba ser) «sólido». La misma cultura ha dejado de ser un conjunto consolidado de saberes para pasar a rendirse a la fugacidad y, finalmente, a la vaporosidad. La inmediatez, la búsqueda de la rentabilidad, la falta de exigencia y autoexigencia, el desprecio de la tradición, la obsesión innovadora, el consumismo, la educación placebo, el arrinconamiento de las humanidades y de la filosofía, la autoayuda, la mediocridad asumida y la ignorancia satisfecha hacen tambalearse aquello que pensábamos que era más consistente. Heidegger criticaba la existencia banal, caracterizada por la falsa curiosidad (el afán de novedad que impide profundizar en nada), la charlatanería (hablar de las cosas sin comprenderlas) y la ambigüedad (no saber qué se comprende y qué no). Todo surge, se propaga, se vende, se compra, se usa tan rápido como se esfuma. Incluso nuestras propias certidumbres parecen debilitarse ante la imposición interna y externa de medias tintas que eviten posicionamientos que puedan ser mal interpretados y colocarnos en una situación comprometida. La necesidad y la riqueza del matiz no pueden, sin embargo, exculparnos de la imprescindible toma de postura ante lo que nos rodea. Sin criterio, sin razonamiento, sin ambición ética, sin capacidad crítica y sin aspiración a la virtud nos encontramos ante la pura superficialidad, ante la absoluta ramplonería. Nos refugiamos unas veces en el cinismo, otras en el nihilismo (Gianni Vattimo3 se refirió al «nihilismo débil», liviano, que, habiendo vivido «hasta el fondo la experiencia de la disolución del ser», no tiene «ni añoranzas por las antiguas certezas ni deseo de nuevas totalidades»), en la amoralidad o en el relativismo pragmático. Lo hacemos por comodidad, por afán de consuelo, en una sociedad en la que reina lo vacío, lo intrascendente, lo voluble, lo trivial. Una sociedad gaseosa. El filósofo Michel Onfray relacionó el ascenso contemporáneo de la xenofobia y el antisemitismo (de la barbarie, por lo tanto) con «la miseria, la pobreza, la pauperización, el dominio del liberalismo sin cortapisas, la negación de la dignidad de los pueblos, la humillación de millones de personas, la proletarización del mundo, la precariedad generalizada por la globalización, el reinado absoluto del dinero, la impunidad de los poderosos cuando son delincuentes, el embrutecimiento de los pueblos transformados en populacho por los medios de comunicación, el adoctrinamiento ideológico con la televisión como droga adictiva, el cinismo de quienes nos gobiernan, el desprecio por la cultura sustituida por la diversión de baja calidad, la contaminación de todas las cosas por el mercado, que impone su ley».4 Nos creemos más en contacto que nunca los unos con los otros, más comprometidos y concienciados. Pensamos que nuestra opinión es tan válida como la de cualquiera (si no más). Creemos que somos más listos y más sabios de lo que nadie ha sido. Pero solo hemos ganado en afán exhibicionista, en narcisismo y en opinionismo histérico. Estamos lejos de aspirar a la auténtica conversación, al «placer del diálogo inteligente» al que aludía el poeta Pedro Salinas,5 «más allá del cotilleo, la discusión o la charla de bar», como explicó Theodore Zeldin.6 Es muy significativa la deriva del discurso parlamentario en los últimos tiempos: retórica paulocoelhiana y discursos ñoños revestidos de indignación o de condescendencia, pero con un mensaje tan insustancial como incapaz de recurrir en las formas a la ironía más elemental; torpemente ofensivo (o hipócritamente defensivo), más propio de Twitter que del lugar destinado a parlamentar. Hace falta recuperar una cierta densidad, una profundidad que no es posible sin tener algunas convicciones, sin una mínima independencia de criterio, sin libre pensamiento, sin rigor intelectual. Para poder (vuelvo a Zeldin) «descubrir cómo ven el mundo los demás», para «saber qué les importa a ellos y qué es importante» para nosotros necesitamos recuperar convicciones.7 Sin ellas, no tendremos nada que aportar a los demás ni estaremos en disposición de recibir nada de ellos. Decía Iñaki Gabilondo en un encuentro entre periodistas en la librería La Central de Callao, en Madrid, que lo primero que escasea tras una inundación es el agua potable y, «tras una inundación informativa, la información veraz». Por eso hace bien Jordi Nadal, director de Plataforma, en insistir tanto en la trascendencia del maestro, como la del periodista, como la del buen editor, a la hora de «filtrar, jerarquizar y explicar». Si entendemos que a través de la buena educación, del buen periodismo, de los buenos libros podemos mejorar la sociedad, bien haremos en protegerla de esta posmodernidad delicuescente y asirnos a un soporte firme que garantice que el modelo escogido será eficaz para cumplir con esta aspiración. Y para ello los profesores tendremos que enseñar y no entretener, impartir clase con el entusiasmo de quien ama el conocimiento, pero también con la seriedad de quien está convencido de su valor, con esa seriedad de la que hablaba George Steiner8 cuando definía «enseñar» como «poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano».

1. Los clásicos

Un clásico es un libro que nunca ha cesado de contar lo que tiene que contar.

ITALO CALVINO

El musicólogo y especialista en música antigua Gerardo Arriaga9 alertaba sobre el peligro de «quedarnos sin tiempo para guardar memoria de las cosas memorables» debido a la inmediatez de la información que nos procura internet, un «torbellino de datos» que, pese a sus beneficios, puede «llevarnos fácilmente a lo efímero, incluso a lo insustancial». Esta insustancialidad de la que habla Arriaga la encontramos en el recurrente desprecio por los clásicos. Hasta José Antonio Marina, reconocido gurú de la educación, ha llegado a sugerir (y no es el único) que leer a los clásicos en la escuela no es apropiado porque se encuentran alejados de los intereses de los alumnos. Yo prefiero quedarme con el planteamiento de Italo Calvino,10 quien decía, entre otras cosas, que los clásicos son «libros que ejercen una influencia particular, ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria, mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual». Y sobre todo me quedo con la que para Calvino es la razón más consistente que se puede aducir para defender la lectura de los clásicos: «Leer a los clásicos es mejor que no leer a los clásicos». Los clásicos, que por supuesto han de dosificarse (tiene poco sentido hacer escuchar a un niño la tetralogía wagneriana), siguen siendo atractivos porque han superado las modas, porque parecen haber sido escritos, compuestos o pintados para cada uno de nosotros, porque nos emocionan, porque cada vez nos dicen cosas distintas, renovando su mensaje, porque nos estimulan a saber más del contexto y el mundo que evocan para disfrutarlos más hondamente, porque, nos cuesten más o menos esfuerzo,11 siempre dejan poso, nos enriquecen, nos dan perspectiva, nos permiten fantasear y alientan nuestro gusto por vivir. «Homero, Virgilio, Platón son mucho más cercanos de lo que se pudiera imaginar. Se han salvado del gran enemigo de toda cultura: el olvido», aseguró el escritor Carlos García Gual.12 Por todas estas razones estoy seguro de que mi responsabilidad como profesor de música consiste precisamente en que mis alumnos escuchen, entre otros, a los clásicos, estén más lejos o más cerca de «sus intereses» (o precisamente por estar más lejos). La escucha atenta es, como Pedro Salinas dijo de la lectura atenta, «un arte». Y requiere tiempo, silencio y cierta disposición interior, actitudes que inexcusablemente tenemos que reivindicar.