Arthur Schopenhauer

 

El arte de ser feliz

o Eudemonología

 

 

Ilustraciones de Elena Ferrándiz

Traducción de Isabel Hernández

 

 

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Arthur Schopenhauer Danzig, actual Gdansk, Polonia, 1788 - Fráncfort, Alemania,1860). Fue hijo de un rico comerciante que se trasladó con su familia a Hamburgo cuando Danzig cayó en manos de los prusianos, en 1793. Contemporáneo de otros grandes pensadores como Goethe, Fichte o Schleiermacher, desarrolló una filosofía postkantiana que a día de hoy mantiene una gran influencia, y que fue muy significativa en el pensamiento de otros filósofos como Nietzsche o Freud. Influido por el orientalista Friedrich Majer, su estudio de la filosofía hindú y del budismo influyó en el desarrollo de sus tesis.

 

 

 

Título original: Die Kunst, glücklich zu sein oder Eudämonologie

 

© De las ilustraciones: Elena Ferrándiz

© De la traducción: Isabel Hernández

Edición en ebook: febrero de 2018

 

© Nórdica Libros, S.L.

© C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B

28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

 

ISBN: 978-84-17281-32-8

 

Diseño de colección: Diego Moreno

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Composición digital: Plataforma de conversión digital

 

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Ana Pez (Madrid, 1987)

Ilustradora madrileña que se formó en Arte Diez. Desde 2012 trabaja principalmente para el mundo editorial, ilustrando narrativa, álbum infantil y cómic, en ámbito internacional. Complementa esta actividad dando clases y talleres de ilustración, haciendo diseños de plegados de papel y pop-up y pintando murales.

Su trabajo ha sido seleccionado y expuesto en algunos de los festivales de ilustración más relevantes como la Mostra Degli Illustratori de Bolonia en Italia, la Feria del Libro de Guadalajara en México, o la Bienal Ilustrarte en Portugal.

Por su obra Mi hermano pequeño invisible ha recibido varios premios y reconocimientos, entre ellos una Mención Especial a Ópera Prima en los Bologna Ragazzi Awards en 2015.

 

El arte de ser feliz

 

 

CubiertaA partir de la convicción pesimista de que la vida de los seres humanos oscila entre el dolor y el aburrimiento y que, en consecuencia, este mundo no es otra cosa que un valle de lagrimas, Schopenhauer se vale del ingenio humano y la prudencia práctica para encontrar reglas de conducta y de vida que nos ayuden a evitar las penurias y golpes del destino, con la esperanza de que, si bien la felicidad absoluta es inalcanzable, podamos llegar a esa felicidad relativa que consiste en la ausencia de dolor.

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NOCHEBUENA

El último día antes de Navidad había acabado. Llegó clara la noche de invierno. Salieron las estrellas. Se alzó grandiosa la luna en el cielo para iluminar a las buenas gentes y a todo el mundo, para que todos disfrutaran de salir a cantar koliadki y a alabar a Cristo. El frío era más helador que el de la mañana; sin embargo, había tal calma que el crujido del hielo bajo una bota podía oírse a media versta. Bajo las ventanas de las cabañas no había aparecido todavía ningún grupo de mozos; la luna sólo echaba miradas a escondidas, como si así invitara a las mozas engalanadas a salir cuanto antes a la crujiente nieve. Y he aquí que por la chimenea de una cabaña empezó a salir un humo denso, a bocanadas, y avanzó por el cielo como un nubarrón. Y junto con el humo subió una bruja en su escoba.

Si en ese momento hubiera pasado el delegado de Soróchintsy en una troika de caballos comunales, en gorro con cintillo de piel de cordero hecho a la manera de los ulanos, en zamarra azul forrada de astracán negro, con un zurriago diabólicamente tejido con el que tiene la costumbre de apremiar a su cochero, pues seguramente habría reparado en ella, porque no hay bruja en el mundo que se le escape al delegado de Soróchintsy. De cada mujer se sabe al dedillo cuántos gorrinos le pare una cerda, cuántas telas tiene en el arcón y qué prendas de ropa o enseres empeña un buen hombre el domingo en el figón. Pero el delegado de Soróchintsy no pasó por allí, además, qué más le dan a él los asuntos de los demás, si ya tiene su propio vólost del que ocuparse. Y, entre tanto, la bruja había subido tanto que sólo era una manchita negra volando bien arriba. Pero apareciera donde apareciera la manchita, las estrellas, una tras otra, se perdían en el cielo. Muy pronto la bruja las había acumulado a manos llenas. Tres o cuatro seguían brillando. De pronto, desde el lado opuesto apareció otra manchita, creció, empezó a extenderse y ya no fue más una manchita. Un corto de vista, aunque se hubiera puesto en la nariz las ruedas de la carreta del comisario en lugar de gafas, aun así tampoco habría distinguido qué era aquello. Por delante era un completo alemán: una jeta estrechita, que giraba continuamente y olfateaba todo lo que se encontraba, acabada, igual que la de nuestros cerdos, en un hocico redondito; las patas eran tan finitas que si el principal de Yareski las hubiera tenido así, se las habría partido al primer kozachok. Sin embargo, por detrás era un auténtico letrado de provincias en casaca de gala, porque le colgaba un rabo tan puntiagudo y largo como las faldillas de las casacas de ahora; quizá si acaso por la barba de chivo debajo del hocico, por unos pequeños cuernos que le sobresalían en la cabeza y que todo él no estaba más blanco que un deshollinador podía adivinarse que no era ni un alemán ni un letrado de provincias, sino un simple diablo al que le quedaba una última noche para corretear por el mundo y enseñar a pecar a las buenas gentes. Mañana mismo, con las primeras campanas para la misa del alba, saldría corriendo sin mirar atrás, con el rabo entre las piernas, directo a su cubil.

Mientras, el diablo se iba acercando despacito a la luna y ya había empezado a alargar el brazo para atraparla, cuando, de pronto, lo apartó, como si se hubiera quemado; se lamió los dedos, sacudió una pierna y corrió hacia el otro lado, y otra vez retrocedió de un salto y apartó la mano. Sin embargo, a pesar de estos primeros reveses, el astuto diablo no cejó en sus travesuras. Una vez que logró acercarse corriendo, agarró de pronto con ambas manos la luna, entre aspavientos y soplidos, y se la lanzó varias veces de una mano a otra, como un aldeano que ha cogido con las manos desnudas el fuego para su pipa; por fin la escondió a toda prisa en el bolsillo y, como si nada, siguió su camino.

En Dikanka nadie sintió cómo el diablo robaba la luna. En verdad, el escriba del vólost, que salía a cuatro patas del figón, vio a la luna bailando sin ton ni son en el cielo y se lo juró y rejuró a toda la aldea; pero los legos meneaban la cabeza e incluso se burlaban de él. Aunque ¿cuál era la razón que llevó al diablo a ese hecho tan desordenado? Pues ésta es: sabía que al rico cosaco Chub lo había invitado el salmista a kutiá y que allí estarían: el principal; un pariente del salmista llegado del coro episcopal, vestido con levita azul clara y que se había hecho con el bajo más grave; el cosaco Sverbyguz y alguno más; y donde, aparte de la kutiá, iba a haber vodka especiado, vodka destilado con azafrán y vituallas de todo tipo. Y, mientras, su hija, la más bella de toda la aldea, se quedaría en casa y a ver a la hija iría, seguro, el herrero, un buen mozo, fortachón como ninguno y que al diablo le resultaba más desagradable que los sermones del padre Kondrat. En el tiempo ocioso de su trabajo el herrero se dedicaba a la pintura y tenía fama de ser el mejor pincel de los alrededores. El propio sótnik L***ko, que por entonces todavía vivía, lo había llamado a propósito a Poltava para que decorara la cerca de madera de su casa. Todas las fuentes en las que los cosacos de Dikanka tomaban sopa debían su decoración al herrero. Éste era un hombre temeroso de Dios y solía pintar imágenes de santos y todavía hoy se puede encontrar en la iglesia de T*** a su evangelista Lucas. Pero el triunfo de su arte era un cuadro pintado en el muro de la iglesia, en el atrio derecho, en el que había representado a san Pedro en el día del Juicio Final, con las llaves en la mano y expulsando del infierno a un espíritu maligno; el asustado diablo corría de un lado para otro, presintiendo su ruina, mientras los pecadores antes cautivos lo golpeaban y acosaban con látigos, con leños y con todo lo que tuvieran a mano. En esa época, cuando el pintor se afanaba en este cuadro y lo pintaba en una tabla grande de madera, el diablo intentó impedírselo con todas sus fuerzas: invisible, le empujaba el brazo, sacaba ceniza de la fragua y la espolvoreaba por el cuadro; pero, a pesar de todo, el trabajo llegó a su fin, la tabla se llevó al interior de la iglesia y se encajó en el muro del atrio y, entonces, el diablo juró vengarse del herrero.

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